Cuento


Las tribulaciones de un hombre muerto
Jadeó, pujó, gritó de desesperación y tuvo la fortuna de que el velador del cementerio no lo escuchara. No podía abrir la tumba, aún cuando no habían pasado muchas horas de que la sellaran con cemento. Por fin la losa crujió y la barra metálica que le servía de palanca se movió. Insistió para removerla por completo y bajó hasta el féretro. Sabía que no podría sacar él solo semejante ataúd y decidió abrirlo: ahí estaba el cuerpo, maquillado, rígido y helado. Lo abrazó con todas sus fuerzas y lo sacó del cajón, casi llorando de alegría, pues no se resignaba a perderlo. "Debemos salir de aquí", le dijo al cadáver. "Luego pensaremos en algo para arreglar este problema que nos ha separado"
Arrastró el cuerpo hasta la superficie. Encontró, no muy lejos, una carretilla de albañil en la que recostó el cuerpo y rápido lo acercó hasta la barda menos alta del cementerio.
La noche estaba increíblemente clara y fría.
Recordó dónde estaba el pozo de agua y fue hasta él para tomar prestadas la soga y la polea. No sin dificultad, trepó la barda. La rama de un árbol que sobrepasaba el muro le sirvió como punto de apoyo para afianzar la polea. Previamente había sujetado el cuerpo de un extremo de la cuerda. Pensó que si se sujetaba él en el otro extremo, al dejarse caer del otro lado del muro su propio peso elevaría el cadáver. Sin embargo, cuando lo intentó se dio cuenta de que era mucho más liviano que el cuerpo y que éste apenas se levantaba un poco.
Se le ocurrió entonces amarrar su extremo de la cuerda a la defensa trasera de un carro estacionado en la calle; luego se las ingenió para abrirlo y poner en neutral la palanca de velocidades. Como la calle era empinada, el automóvil comenzó a jalar la soga y el cuerpo se elevó con inesperada premura, atorándose entre la polea y la rama.
Trepó de nuevo hasta el cadáver para verificar que cuando lo descolgara fuera por el lado de la calle. Luego bajó, se sujetó fuertemente a la soga para hacerse cargo del descenso y desanudó la cuerda del carro. Nuevamente el peso del muerto lo superó arrastrándolo hacia la polea. El cuerpo cayó brutalmente, como el costal de huesos que era, mientras el carro tomaba vuelo calle abajo hasta topar con el poste telefónico que lo pararía en seco.
El hombre corrió hacia el cadáver preocupado. "¿Estás bien?" Se encontraba visiblemente maltratado pues se había rajado la frente aparatosamente. El hombre se quitó la corbata e improvisó un vendaje.
Cargó con el difunto un par de cuadras hasta quedar sin aliento. Habían llegado a un parque y en una sombría banca lo trató de sentar. El rigor mortis le impidió doblar sus miembros en ningún sentido, así que optó por recostarlo. Luego buscó un taxi.
Pasaron tres, pero por más señas que les hizo ninguno se detuvo. Regresó al cuerpo y le dijo "Vamos a tener que caminar" No fue larga la distancia que recorrieron hasta que las circunstancias ofrecieron, a los ojos del hombre, una alternativa más veloz. Afuera de una cantina, un cliente descuidado había dejado su bicicleta recargada contra la puerta. Sigilosamente el hombre la tomó sin que los de la cantina lo vieran. Se tomó, también, todo el tiempo del mundo para conseguir que el cadáver quedara acomodado entre el tubo superior del cuadro y el volante, sentado de lado, como señorita que paseara con su novio por la plaza de un pueblo.
El hombre pedaleó lo más rápido que pudo. Dos veces estuvieron a punto de caerse. A la tercera se cayeron. Al cadáver se le enderezó la cabeza que se le había enchuecado en la primera caída. El hombre se rasguñó una rodilla, sin embargo no experimentó el menor dolor.
No había amanecido todavía cuando llegaron a los edificios multifamiliares que albergaban su viejo departamento, en un sexto piso.
Subir fue una odisea aparte, pero siempre estuvo la suerte de su lado. Entre las macetas del patio se encontró un par de patines de bota rosas. El cuerpo estaba tan rígido que si lograba ponerle los patines sería manejable como un diablito de carga. Claro que, como no eran de su número, casi debió triturarle los pies al difunto para que, si no entraban, al menos quedaran fijos. Si hubiera encontrado otro par de patines hubiera hecho del cuerpo la más extraña patineta que se haya visto. Con todo, subir aquella tabla de carne con ruedas, no sucedió sin un gran esfuerzo.
Una vez en casa lo recostó en la cama y él se acomodó por un lado. Hubiera querido decirle "Estoy muerto de cansancio", pero aquello no hubiera sido pertinente.
En cambio lo miró y le suplicó "Déjame entrar", mientras se restregaba contra su costado. "Esto debe ser una pesadilla. Mañana despertaré y veré que todo es como antes" supuso.
Pero pasó un día y la situación no cambió.
A la mañana siguiente el periódico que aventaron por debajo de su puerta traía su fotografía en la sección policíaca con el encabezado "Saquean tumba".
El cuerpo que, inclemente, no dejó de descomponerse pese a las súplicas del hombre, hedió tanto que antes de las seis de la tarde ya tumbaban la puerta unos policías. Tomaron el cadáver y se lo llevaron de nuevo al cementerio. Al hombre nadie lo miró, nadie atendió su desesperada petición de dejárselo o de llevarlos juntos a la tumba, y se quedó en su casa, tan triste.
En el diario del siguiente día se hablaba de un cadáver que había regresado por su propio pie, y en patines, a su casa.
El hombre volvió al cementerio, atravesando muros y penetrando losas de mármol, para decirle a su propio cuerpo, una y otra vez:
—Anda, déjame entrar.


Cuentos tomados de Apuntes para una novísima arquitectura, Berenice, 2007, España.
La versión primaria de este libro fue escrita con el apoyo del FONCA durante 2001 y 2002. La versión definitiva obtuvo el Premio Nacional de Cuento “Agustín Yáñez” en 2004.





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