Cuento sobre un tema de Rubens y una técnica pictórica


Anamorfosis



El cuadro era un conjunto de líneas y manchas sin forma aparente. El rey caminó durante días enteros ante él, cautivo de su significado, queriendo comprenderlo, hasta que lo observó desde el lugar adecuado, descifrando aquel acertijo óptico. Entonces, en un acto para muchos caprichoso, mandó decapitar a una persona inocente, pues lo que vio le permitió comprender todo, o casi todo lo que había pasado.

***

Por un orificio, la mirada del pintor atraviesa el muro y llega hasta el agobiado rostro de un prisionero que ha envejecido prematuramente. El tiempo del dolor debe ser más intenso y veloz, pues los sufrientes se consumen con rapidez. El hombre observado no debe rebasar los sesenta años pero su extrema delgadez y su desaliñada cabellera blanca le dan el aspecto de un anciano decrépito al borde de la muerte.
El pintor también está preso, es un hombre joven caído en desgracia, un retratista a quien han provisto de lienzo y pinturas, pues le han asegurado que si consigue pintar algo que logre impresionar al rey, será puesto en libertad. El rey tiene la mirada llena de hastío y para jactarse de su poderío libera o encarcela por las razones más inesperadas. Como es el caso del anciano, que en realidad es un preso político, al que se ha propuesto matar de hambre. Su cautiverio es un secreto a voces en la prisión y el orificio ha permitido al pintor proyectar la realización de un retrato que refleje sin tapujos toda la amargura e indignación que puede llegar a sentir un hombre. Lo observa sin que se de cuenta. Trabaja la penumbra porque en penumbra está su lienzo y en penumbra su objetivo. Apenas, durante el día, entra por la alta ventana de cada celda una luz que ilumina aquel rostro y aquel boceto. No sólo está buscando una expresión humana que ningún ser le daría por propia voluntad, pues es la cara de la más amarga sentencia; busca también hacer un retrato deformado, inexplicable, que sólo tome su debida dimensión cuando se le vea desde una sola perspectiva, como ahora él ve, por un orificio, a un condenado a muerte. Con prisa hace cálculos para descubrir qué tanto puede estirar esa imagen hasta robarle la coherencia visual y no devolvérsela más que en un punto. Quiere atrapar en un cuadro la mirada del rey, tal como el rey a atrapado ha este anciano y a él. Quiere que el rey, al mirar su cuadro sienta lo que el preso siente y se angustie igual y cuando consiga, después de caminar y caminar enfrente del cuadro como animal enjaulado, encontrar la perspectiva secreta, se tope cara a cara con el rostro del dolor y sepa que esa es la puerta por la que sólo cruzan los muertos.
Trabaja en sus cálculos gráficos con prisa, temiendo que el anciano no aguante más y muera, pero justo va a comenzar a pintar aquella cara, cuando entra en la celda una mujer.

***

—¡Déjeme entrar! ¡Es mi padre! –suplicó la muchacha, pero el guardia le respondió que no, que eran muy claras sus órdenes de no permitir la entrada a nadie a esa celda en particular. No importaba que fuera su hija o su esposa, aunque era improbable que aquella delicada mujer, que no aparentaba tener más de veinte años, fuera la esposa del anciano prisionero. La chica cargaba un cesto lleno de comida que el guardia miró con absoluta reprobación.
—¿Cómo te llamas? – le preguntó.
—Laura –respondió la chica.
—Lo siento, pero no puedes pasar. Menos aún con ese cargamento de comida.
—Entonces lo dejaré. Tómelo. Yo sólo quiero verlo, hablar con él. Sé que sólo muerto saldrá de aquí. No me pida que espere, sé que no hay nada que pueda esperar. Téngame piedad. Es mi padre, mi único familiar.
Mientras ella hablaba el guardia no podía evitar sentir una especie de embriaguez causada por la dulzura de su voz y la clara profundidad de sus ojos castaños. Le sonrió y supo que aquella sonrisa lo incitaba a romper las reglas.
—Será sólo un momento. Dejarás el cesto y te registraré la ropa para asegurarme que no pasarás nada.
—De acuerdo –dijo poniendo la canasta en el suelo al momento y ofreciéndole el cuerpo para ser registrada.
Las manos del guardia no dudaron, pero la normal brusquedad se convirtió en pasmosa excitación al palpar un talle estrecho y dos pechos desafiantes incluso debajo de tanta ropa. Se demoró demasiado en ellos y por eso fue veloz al rozarle las piernas buscando algo desconocido que realmente ya no importaba. Laura se había sonrojado y el guardia fingió naturalidad. Abrió la pesada puerta metálica y la dejó entrar.
Había un rayo de luz que entraba por la ventana y daba al centro del calabozo. Justo donde yacía tirado el esquelético anciano vestido apenas con harapos que no llegaban a evitarle sentir la terrible frialdad del suelo. Cuando Laura entró, no pudo evitar impresionarse al ver lo que quedaba de aquel hombre gallardo que había sido su padre. En mala hora se opuso al rey, en mala hora gritó su verdad inconveniente para los que tienen la corona.
Quiso hablarle, pero ella se dio cuenta de que el anciano no tendría fuerzas siquiera para conversar. Así que se arrodilló a su lado, de espaldas a la puerta y lo abrazó con ternura mientras desenredaba esa cabellera de canas duras de mugre y con un gesto casi imperceptible se desabrochó la blusa.

***

Dios debe odiarme porque sólo vivo para inventar pecados nuevos. Me han metido en esta mazmorra para que me muera y yo ni siquiera eso puedo hacer. Qué bueno que aquí no hay un espejo, no quiero saber de mí, no podría ver lo que queda de mi rostro, yo que fui alguien o al menos que estuve a punto de ser alguien con voz, alguien con algo que decir. El rey me quiere callar con hambre, para que me coma mis palabras, para que entienda que lo que tengo que decir no alimenta lo mismo que un trozo de pan. Lo ha jurado ante mí, que no me tocará, que moriré comiéndome a mí mismo y la sed hará que me beba mis ideas, al final así será, no viviré de pensamientos, no viviré. Duermo, o quizá me desmayo, ya no distingo entre el sueño y la inconsciencia. A veces creo, no en desmayos, sino que me duermo sin soñar para no gastar energías. No me muevo y trato de no sudar, pero sudo y a veces lloro y me doy cuenta de que es un grave error porque pierdo líquidos vitales. Quiero no orinar, pero me orino encima. Quiero ser un hombre, aunque ya no recuerdo cómo era serlo. Se necesita estar libre y estar limpio para ser un hombre. Se necesita que alguien te hable y te quiera escuchar. He estado demasiado tiempo aquí conmigo: como la palabra que al repetir y repetir pierde sentido así yo he pensado tanto en mí que ya no me reconozco. Incluso, por un momento, no pude reconocer a Laura. Al principio creí que era una alucinación, pero no, era ella, mi hija. Éste no es lugar para una muchacha. Pero eso a ella parecía no importarle. Sólo comenzó a aparecerse todos los días, como un ángel. Pero luego ella hizo esto... Esto que se repite sin remedio.

***

El pintor fue el único que lo vio, pues ni el guardia, ni el anciano a punto del desmayo, ni siquiera la muchacha hubiera podido contemplar la imagen de la que era parte. Lo vio todo, pero tardó mucho en comprender. Vio la curvatura repetida de los senos, el manchón erecto que era cada uno de los pezones. La luz por un segundo fue generosa con el pintor y pudo apreciar el aparentemente extraño encuentro entre dos texturas tan disímiles como la rugosa y sombría cara del anciano maltrecho contra la tersura de una piel clara y sin duda cálida. Hundió su rostro de piedra entre esas suaves dunas figurando un paraje desértico ¿Qué tenía que hacer ese hombre, que pertenecía ya más al mundo de los muertos, besando los pechos de su hija que eran el palpitante símbolo de la vida?
Esto se convirtió en una libidinosa rutina: el guardia registraba cada vez con más lentitud la figura de Laura, quien nunca dio muestras de disgusto ante caricias sobre su ropa que, por otra parte, nunca fueron más allá. Una vez dentro, el anciano, siempre débil, se perdía dentro de la blusa de su hija, cual si cumpliera el último deseo perverso de un condenado a muerte. Y el pintor, desde el pequeño orificio lateral, continuaba pintando la escena. Aunque por momentos se negara a distorsionar aquella figura de pechos al aire y, por el contrario, estirara de más la figura del viejo como si quisiera desapartarlos, más todavía; romper su imagen en aquel cuadro, pero sabía que debía moderarse, que las reglas de aquella nueva perspectiva debían ser aplicadas por igual a todas las figuras que reinaban en su cuadro.
Sin embargo, el pintor descubrió un día que algo había cambiado en aquella rutina: Laura, mientras tenía la anciana cabeza entre sus senos, buscó con la vista y encontró el orificio en la pared. Se quedó mirándolo fijamente, al grado que el pintor sintió que ella podía verlo a él: se sabía observada. La confusión en forma de una siniestra sensualidad invadió su pintura y su mente. Decidió terminarla cuanto antes.

***

—¿Qué haces aquí?— preguntó el pintor al ver a Laura al día siguiente, entrando en su calabozo y no en el de su padre —¿cómo has convencido al guardia?
Ella caminó rodeando al sorprendido pintor y le pareció agradable. Inevitablemente topó con el caballete y el cuadro ya terminado, pero le desilusionó ver sólo formas raras. Por fin contestó en voz baja y con cierta humillación:
—El guardia todo lo que quiere es acariciarme —pero luego, con una mirada brillante, agregó:
—Tú, que todos estos días me has mirado, ¿no sientes deseos de acariciarme?
No importó lo impropio del lugar; el joven pintor la derribó y en suelo le levantó la falda, casi al mismo tiempo que desabotonó su blusa para encontrarse a un palmo de esos pechos redondos que tan minuciosamente había observado. Como en un incendio, todo sucedió muy rápido: el beso múltiple y la única penetración, la caricia y la aprensión tenaz de un cuerpo que arremetía con vaivenes instintivos. Y aunque el encuentro no duró demasiado, por momentos sus figuras parecieron dilatarse y contraerse, perdiendo y recuperando su forma primitiva. Ellos no podían saberlo, pero sus cuerpos fueron, por momentos, esa imagen inasequible que nadie hubiera podido pintar.
De repente, el joven se encontró con la cara hundida entre los pechos de Laura y comenzó a succionar de uno de ellos. Ella gritó que no, mientras se retorcía por liberarse, pero el pintor sujetaba con firmeza el pecho del que se habían prendido sus labios, y de pronto Laura descubrió también en ese ultraje un placer que no había estado dispuesta a reconocer ante su padre, ni ante su bebé, pero que ahora era parte misma del asalto erótico, del mismo saqueo total a su cuerpo, y en placentero abandono dejó de oponer resistencia.

***

Aún pasaron tres días más en los que Laura pudo encausar los labios secos del anciano hasta uno de sus pezones y sentir que aquella extrema resequedad le hería la carne; empujar la nuca del viejo contra sí para que comenzara a suceder lo que ella deseaba. Y la leche brotaba. Leche que no bebería su hijo nacido hace meses y que alguna otra señora amamantaría, quizá, en este mismo momento. Pero así prolongaría un poco la vida de su padre. El anciano, como siempre, se prendía de aquellos senos con una voracidad que también lastimaba a Laura, quien ahogaba cualquier grito de dolor. Luego, ella lo apartaba de sí. El padre, que poco a poco parecía recuperar la conciencia, y cada vez al terminar recordaba el rostro de la que lo a
limentaba, comenzaba a sollozar. Entonces Laura cubría su pecho y pedía salir del calabozo.
Esos fueron los tres días que el rey tardó en descifrar la enigmática pintura que le valió la libertad al pintor, pues el cuarto día, por orden específica del rey, el mismo guardia que se deleitaba acariciando a Laura, la decapitó.








4 comentarios:

luizon dijo...

Maestro Fernando! Toda una revelación ha sido para mí conocer su trabajo. Cada cuento, tiene magia.

Actualmente, además de tercermundista de tiempo completo dedico mis esfuerzos a la animación. Especialmente a la animación corpórea mejor conocida como stop motion. Animé entre otros el cortometraje Hasta los huesos, si no lo has visto me encantaría regalártelo (¡y si ya lo viste también!) y así tengo un buen pretexto para conocerte y no sé... me encantaría poder hacer algo juntos en un futuro.
Estoy a tus órdenes para cualquier cosa.


Luis Téllez

luizon dijo...

Muchas gracias por lo que dices Fernando, la verdad es que tengo muy abandonado el blog pero qué bueno que disfrutaste algunos cortometrajes. En youtube tengo una cuenta de nombre hypnoscopio. En mis favoritos hay más cortos que seguro te gustarán.

te dejo mi correo. luizzon@gmail.com

Un gran abrazo y ya nos organizamos para encontrarnos.

Luis

luizon dijo...

Qué tal Fernando. ¿Cómo estás? En el comentario anterior te dejé mi correo. Me encantaría platicar contigo para ver si me puedes asesorar con un proyecto. Muchas gracias. Saludos.

Luis

Mariana M* dijo...

¡Fernando! No sabía de Santiago. Así que felicidades, que esas son grandes alegrías.
Saludos :-)

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