Arreola de ida y vuelta

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Toda reedición de un libro debería significar en rigor una relectura: no sólo una garantía de que el título en cuestión seguirá existiendo para las venideras generaciones de lectores, sino poner bajo la lupa los valores que la hacen perdurar. A la reedición conmemorativa de La feria -por los 90 años del natalicio de Juan José Arreola en Zapotlán El Grande- debo esta nueva oportunidad de revisar un libro que en su primer momento me divirtió: más exacta no podría ser la palabra ya que divertido es aquello que siempre nos ofrece una segunda o tercer vertiente, un camino inesperado al que creíamos continuar y en la lectura de La feria, Arreola no cesa de ofrecernos senderos, fragmentos de historias por seguir.
El cúmulo de monólogos que van surgiendo de entre sus páginas es una suerte de diálogo eslabonado en el que los personajes exponen su forma de pensar sobre muchos temas, particularmente uno de entrañable relevancia en la historia de México como lo es la posesión de la tierra: tal tema lleva a Arreola a definir conceptos tan complejos como justicia, poder y pobreza; a definir el momento histórico, los procedimientos legales, incluso los métodos para sembrar. La feria es un compendio asombroso de historia y tradición mexicana que tiene la enorme virtud de ser literatura por la pulcritud e ingenio de sus frases.
Esas mil y un prosas que la conforman son una vista panorámica sobre un periodo histórico que asentado a mitad del siglo XX mira sobre su hombro acontecimientos que vienen sucediendo desde 1745. Un México que ahora nos parece quizá tan lejano como el México prehispánico pero que también es parte ya de esas raíces y de ese grupo de fantasmas que son nuestro pasado nacional y que los lectores nuevos enfrentarán a su manera. Arreola consigue demostrar con un ejército de historias que durante todos esos años la suerte de los mexicanos fue lastimada e hiriente a la vez; que asumieron una actitud pudorosa en apariencia e impúdica en esencia. Hoy se puede leer La feria como si se mirara una fotografía: ante la lente vemos con un enfoque microscópico a un México milenario, pero no debemos ignorar que el aparato que consigue la impresión es un artificio nuevo, así mismo el método elegido por Arreola ha sido una narrativa fragmentaria, una estructura aún vigente.
Prueba de que su estructura narrativa no ha envejecido son sus viñetas ora arcaicas, ora originales; incluso un novísimo lector volvería a simpatizar con la sucesión de pequeños grabados que se intercalan entre las prosas y que establecen un discurso visual, acaso muy elemental, pero eficaz, que son preludio de lo que se contará y también llegan a funcionar como mínimos epílogos, aunque siempre son puentes gráficos dando continuidad a la novela y que además recuerdan lo mismo a una lotería silenciosa, que a los petroglifos prehispánicos, tan abundantes en esta región que fuera llamada La Provincia de Ávalos: esos pictogramas son parte del discurso de La feria.
Tras esta nueva lectura me gustaría pensar que La feria es una novela sobre la posesión de la tierra y de la razón: Al comienzo un personaje declara:
“Ahora (la tierra) es de las gentes de razón”
Como si una suerte de justicia divina conjuntara en un afortunado la tierra, que es una necesidad, y la razón, que es un tesoro; pero esa doble ganancia se desbarata un tanto más adelante cuando otro afirma:
“Nos dieron la razón, pero no la tierra”
Y más que una injusticia, con elegante sarcasmo se aprecia el valor enorme que Arreola confiere a la razón: sus personajes se angustian por la tierra, pero también les preocupa no tener la razón, les aterra descubrirse en medio de una mascarada insensata de la cual fueran los protagonistas.
Con todo, como sabemos, La feria es mucho más que eso; es un retablo en el que toda propuesta tiene su contrapropuesta: los personajes encuentran fe y decepción, se enamoran y se desilusionan, los intercambios culturales resultan muy poco convenientes, al temblor y a la penitencia se opone la fiesta y el pecado. La historia, con todo su peso, pasa a ser mera escenografía en la que ocurre un carnaval impecablemente humano y esta complicidad de factores, en apariencia contrarios, hacen la trama disfrutable y verosímil.
Leer a Arreola implica un fenómeno que podría describirse así: uno lee por primera vez La feria y se divierte de manera plena, casi ingenua, pero luego, el mismo Juan José Arreola, con guiños, citas y sugerencias, invita a leer a otros autores, allana el camino para que conozcamos la obra de Marcel Schwob, de Karel Capek, de Paul Valery o de Giovanni Papini, por mencionar algunos, y para cuando volvemos a los libros de Arreola la relectura es distinta, somos otros lectores, ahora con capacidades más elaboradas para disfrutar de su lectura.
Surge entonces un placer distinto que ya no es el de conocer a un autor sino el de reconocerlo en los otros autores con los que se ha identificado y podemos darnos cuenta de que Arreola, en la página 18 , hace hablar a Jesús, el nazareno, sobre su padre José, tal como lo hubiera hecho Capek en algún nuevo “apócrifo”, o que la imponente confesión masiva de los habitantes de Zapotlán en la página 83 tiene una estrategia narrativa digna del Schwob de La cruzada de los niños, quien defendía una identificación total con sus personajes y así lograr imaginar lo que sintieron y pensaron. Arreola supo implementar en su prosa esa estrategia, identificándose lo mismo con caciques que con campesinos, con mujeres y con niños, con sacerdotes y con librepensadores.
Este fenómeno es inevitable: el viaje de ida y vuelta en la lectura requiere tiempo, pero la literatura nos lo confiere y suele ocurrir cuando encontramos autores imprescindibles: como Jorge Luis Borges o Italo Calvino. También en Arreola es una muestra clara de maestría: la prueba de que Arreola es todos sus autores, más uno: él mismo, múltiple y único. Igual y como se ha calificado en incontables ocasiones a su novela La feria.
Publicado en Tierra Adentro 158


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1 comentario:

Ingrid Valencia dijo...

Hola, Fernando: Está quedando de pelos tu blog.
:)

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