Un rastro de animales muertos. Una aventura del Dr. Tario, en la revista Crítica 165

Sentada en una fosa séptica, con base de ladrillo y un tablón de madera con un agujero donde posar el trasero, la mujer hacía muecas de asco por el olor de sus propias heces. Sus dedos no dejaban en paz el sintonizador de la radio de baterías, pues nada de lo que escuchaba resultaba de su agrado. Era una mujer madura, rozando el medio siglo, pero con la fuerza física de alguien de 30 años. Había crecido y vivido en el esforzado campo; madrugando y teniendo que recorrer distancias largas, ya fuera para ir a los establos por leche, al río por agua o al pueblo por víveres. Era viuda desde hacía diez años y sus hijos, que habían emigrado a la ciudad, la visitaban una vez al mes o le marcaban al teléfono celular que nunca sabía cómo contestar pero que siempre mantenía con batería llena. Terminó por apagar la radio al no encontrar nada interesante. Su mirada se perdió en el silencio, más allá de la alta ventana sin cristal que ventilaba aquel sitio.
De repente sintió algo. Entre el techo de teja y las vigas de madera algo se movió. Al principio no pudo distinguir su figura y, cuando lo logró, le pareció un insecto enorme, del tamaño de un perro que pendía del techo. Era como una tripa con cuatro patas de rama y pequeñas pezuñas que se columpiaba.

El cuento completo por acá, hacia la página 124:

http://revistacritica.com/wp-content/uploads/2015/06/cr%C3%ADtica165-para-pagina.compressed.pdf



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