La periodista y politóloga Ivabelle Arroyo recomienda a Oser Serón

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¿Cómo no lo voy a presumir?
Fuente: video de SPD Noticias, "Veamos las noticias con Ivabelle y Stephania Duarte" Transmitido el 28 de septiembre de 2016. Minuto 45.

Fuego para Gus, un cuento de Fernando de León



— ¿Quién es? ¿Qué quieres, Enrique? Ve la hora que es. Espérate. Ya voy. ¿Si te acuerdas de que voy en silla de ruedas?
            — Mira lo que te traje, Gus: el fuego olímpico.
            — ¡Oye! Apaga eso. No vas a entrar a mi casa con una antorcha encendida.
            — ¡Es el fuego olímpico! No te había dicho que pensaba traértelo porque desde que estás en esa silla no quieres saber nada de competencias, como si antes del accidente no te hubieras pasado toda tu vida corriendo y entrenando. Logré entrar en la representación nacional. Y hasta me permiten que lleve el fuego olímpico un rato de esta noche. Me la dieron para que recorriera con ella diez kilómetros y cuando pasé cerca de tu casa me les hice ojo de hormiga a los organizadores.
            — Sí, bueno, Enrique, creo que no debiste…
            — ¡Que no debí! ¡Si serás ingrato! ¡No me digas que no es emocionante ver el fuego olímpico! Anda, cárgala un momento; luego me voy.
            — ¿Es el fuego del Monte Olimpo? ¿Este fuego viene desde Grecia, Enrique, sin apagarse, en barco?
            — ¡Qué tal! Mírala con cuidado. Es como un encendedor gigante. Funciona con gas. Por aquí se recarga, aquí marca que tan lleno está el tanque de la antorcha y hasta tiene regulador con perilla como una estufita.
            — Toma, te la devuelvo. Dime ¿Por qué me la viniste a enseñar?
            — ¿No te lo imaginas? Yo sé que si no hubiera pasado el accidente, tú serías parte del equipo olímpico, porque eres… bueno, eras el mejor corredor de fondo que he conocido y que de ser así correríamos juntos la maratón y seguramente estarías ahora mismo en mi lugar corriendo con la antorcha esta noche.
            —Tal vez, Enrique. Como sea te lo agradezco. Ahora ya vete porque te van a sacar de la representación deportiva por estar aquí.
            —Ya me voy, nomás déjame recuperar el aliento, no seas hostil. Tuve que pisar el acelerador para que mis cuidadores se quedaran atrás ¿dónde ponemos la antorcha?
            —No sé. Allá hay un florero vacío.
            —Pensé que te iba a dar más gusto, Gus. Yo quiero decirte de corazón que lamento lo de tu accidente.
            —Nuestro accidente, Enrique. Sólo que a ti no te pasó nada.
            —Y eso que yo  iba manejando.
            —Borracho maldito. No debí dejarte manejar. O por lo menos no debí subirme al automóvil contigo.
            —Estábamos celebrando, Gus. ¿Ya no te acuerdas?
            —Sí, claro, celebrando mi despedida de soltero. Qué alegría. Luego del choque mi futura esposa me regaló esta silla de ruedas y me dijo que siempre no se casaría conmigo.
            —Pero no te pongas así. Gus. Son cosas de la vida. Yo sé que te vas a reponer y también que vas a encontrarte una mujer que valga la pena, no como la tal Berta.
            — ¿Y cómo sabes eso, Enrique? ¿Eres médico? ¿Eres adivino? Te voy a decir lo que eres: Eres un pendejo con suerte. El choque fue culpa tuya y saliste sin un rasguño. Tienes una familia, una carrera como atleta; te confían el fuego olímpico y te lo robas sólo porque te sientes culpable. ¡Eres un pendejo olímpico!
            — ¡Bájale, Gus! Me la estoy jugando por alegrarte un poco la vida y ¿así me lo agradeces? Tú me invitaste a celebrar tu despedida de soltero. Nadie te pidió que te subieras conmigo al auto. Mira, Gus. Necesitamos calmarnos. Somos amigos. ¿Dónde tienes el tequila? Necesitamos un trago.
            — ¡Un trago! ¡Vas a correr la maratón! ¿Y quieres tomarte un trago?
            —Ya deja de hablar como si fueras mi mamá, Gus. Lo único que me importa esta noche es que te calmes. Somos amigos y desde el accidente, yo sé que me guardas rencor.
            — Acabo de darme cuenta de que el pendejo soy yo, por ser tu amigo.
            —Ay, ya. Relájate. A ver: tómate este caballito de tequila. Brinda conmigo. Va de hidalgo.
            —Ya qué. A mí no me van a botar de las olimpiadas. Estás loco. ¡Salud!
            — ¡Salucita! Te digo que la Berta no valía la pena. De la que te salvaste, pinche Gus.
            —A mí me gustaba.
            —Tenía buenas piernas, pero estaba medio tripona. ¿O no Gus? ¿Me vas a negar que estaba poquito triponcita?
            — Ella es un bombón, Enrique, no le digas gorda.
            —No. Yo no digo gorda, digo triponcita, como que le sobresalían las costillas al nivel del seno.
            —Eso era parte de su encanto.         
            —Haberlo sabido antes, Gus. Pensé que te gustaba por sus piernas largas y blancas, casi verdosas, como de pan blanco de cuarenta días. Y ahora resulta que te gustan triponcitas.
Yo conozco varias triponcitas mucho más leales. ¡Salud, mi Gus! ¡Míranos, hablando pendejaditas como antes! Valió la pena traerte el fuego.
            —A ver. Déjame verlo otra vez.  ¿Qué pasa si le aprieto aquí, Enrique?
            —Se apaga.
            —Pero si antes lo pasamos a una veladora el fuego olímpico, técnicamente no se extingue ¿verdad?
            —No. Pero mejor no hay que hacer eso. Ya casi me voy.
            — ¿Ahora te me pones tibio, Enrique?  Anda, pásame la veladora. Esa que está en la esquina.
            — ¿Esta? ¿La de san Judas Tadeo? ¿Neta, le rezas?
            — Es el santo de las causas imposibles. Déjalo en paz. Mira: apago la veladora, porque el fuego que tiene es fuego común y corriente. Ahora la enciendo con la antorcha olímpica: ¿ves? Mi veladora ya tiene el fuego olímpico.
    Quédate con esa flama de recuerdito, pero no vayas a apagar la antorcha, Gus.
            — ¡Enrique! A ti te valen gorro las olimpiadas; ni te importa tu participación en el maratón, hasta mi invalidez y mi soledad te parece cualquier cosa. Pero ¡te importa el fuego olímpico!
    Es que viene de Grecia.
            —Por fin encuentro algo que te importa ¿y sabes qué voy a hacer? ¡Voy a apretar el botoncito que lo apaga!
    No juegues. ¿Y vas a hacerlo nomás por revancha?
    Sí.
            — ¡Pero si somos amigos!
    Creo que así vamos a estar parejos.
            — ¡Dame la antorcha, Gus! Estás borracho, a ti se te sube de volada.
            — ¿Por eso me subí al carro contigo, por estar muy borracho? No, Enrique no estoy borracho y no lo estaba esa noche.
            — ¡Dame la maldita antorcha!
            —Ven por ella. Tú si puedes caminar. Veremos quién es más veloz: tus piernas de maratonista o mi dedo de inválido.
            — ¡Lo hiciste! ¡Pinche…! ¡La apagaste!
            —Y ahora soplaré a la veladora como a una velita de cumpleaños y tu fuego olímpico será historia.
           
*

— ¡Gus, despierta! ¡Despierta! ¡Tenemos que salir de aquí! ¡Tu casa se incendia!
            — ¿Qué? ¡Fuego! Enrique, no puedo levantarme. Mi cabeza. Tengo sangre en la cara. ¡Mi silla de ruedas! ¡Se le derritió el asiento! ¿Qué pasó?
            — Ibas a soplar en la veladora para apagarla y yo tenía que detenerte. Te quebré la botella de tequila en la cabeza. Fue sin pensar. Me enfadaste. Tú me has visto romper muchas botellas en muchas cabezas, Gus. Sabes que lo hago sin pensar. Lo malo es que el tequila se regó sobre ti y sobre tu silla; cuando se te cayó la veladora te prendiste con todo y silla. Yo pensé rápido: tuve que elegir entre apagarte a ti o apagar tu silla, así que te jalé al piso y aventé la silla, la que fue a dar a la sala y el fuego creció. No te enojes, Gus.
            — ¡Gracias por nada! ¡Ahora apaga el fuego para que no se queme mi casa!
            — Ya no puedo, Gus. Mira, está por todas partes. Tenemos que salir. Ven te voy a cargar.
            — ¡No me ayudes! Eres una maldición. Vete de mi casa y si te vuelvo a ver, te mato.
            — ¿Ya ves cómo te afecta beber? Estás diciendo pendejadas. No te voy a dejar aquí y, quieras o no, te voy a sacar.
            —Enrique, te lo advierto: bájame.
            —No lo voy a hacer, Gus. Y también vamos a llevar eso.
            — ¿La antorcha?
            —Sí, Gus. Déjate de lloriquear y haz algo por mí: sujétala. Yo te llevo en brazos así que tú la encenderás antes de que salgamos.
            — ¿Quieres que prenda la antorcha olímpica con el fuego del incendio de mi propia casa?
            — ¡Sigue siendo el fuego que vino de Grecia!
            — Ya qué. Acércame al fuego.
            —El botón verde es como el piloto de un boiler. Mantenlo oprimido y se encenderá la antorcha.
    Listo. Ya. Sácame. ¡Vámonos!
            — Acá estamos a salvo. Escucha, Gus: es la sirena de los bomberos. No creo que tu casa se queme toda. Sólo la sala, pero no es tan malo porque era horrible. La verdad, yo creo que Berta decidió dejarte cuando vio esa sala.
    Oye, Enrique. ¿Sabes qué les voy a decir a los bomberos cuando lleguen?
            — ¿Qué te dejé paralítico, te jodí la vida y te quemé la casa?
            — Debería, pero no. Diré que bebí de más, me caí, me abrí la cabeza y quedé atrapado en un incendio y que un atleta olímpico que pasaba por aquí se metió con todo y antorcha a salvarme.      
            —Eso suena bien, Gus. Suena muy bien.
            —Mira. Llegaron primero los escoltas del fuego. Seguro te estaban buscando como desesperados. ¡Oye! Oye ¿esa valquiria que viene con ellos es la atleta Queta Basilio?

            —Sí. Está guapa mi tocaya ¿no Gus? A ella le toca llevar la antorcha en el último tramo y encender el pebetero, mañana, cuando comiencen las olimpiadas: ¿te la presento?

Elemental, mi querido Golem





Curso-Taller de escritura de cuentos en el cual revisaremos la forma en que conviven elementos del género policial y del género fantástico.

Ocho sesiones semanales, los miércoles de 19 a 21 horas, en las que revisaremos cuentos de Francisco Tario, Frank Belknap Long, Issac Asimov y José Luis Zárate, entre otros. Así como cuentos de los participantes.
Inicio 17 de agosto.
Sede: Colonia Roma CDMX
Costo total: 1200
Cupo limitado
Mayores informes al correo
ferdeleon71@gmail.com

La tienda de los sueños. Un siglo de cuento fantástico mexicano. SM 2016


Los autores antologados: Amado Nervo, Elena Garro, Leonora Carrington, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Inés Arredondo, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, Guillermo Samperio, Álvaro Uribe, Verónica Murguía, Norma Lazo, Cecilia Eudave, Ignacio Padilla, Fernando de León, Bernardo Esquinca, Magali Velasco, Iliana Vargas, Édgar Omar Avilés. 

Selección y prólogo: Alberto Chimal.

La tienda de los sueños: Un siglo de cuento fantástico mexicano

PESQUISAS POLICIALES: Taller de cuento en la Ciudad de México


TALLER DE CUENTO POLICIAL
 FERNANDO DE LEÓN

“PESQUISAS POLICIALES, SEGÚN BORGES, DEMOSTRADAS EN CUENTOS”

Jorge Luis Borges apuntó seis rasgos elementales del cuento policial, a los cuales iremos acudiendo a la par que avancemos en nuestra lectura de cuentos. Estos asuntos son:

 Temas:
 A)     Un límite discrecional de seis personajes.
B)    Declaración de todos los términos del problema.
C)    Avara economía en los medios.
D)    Primacía del cómo sobre el quién.
E)     El pudor de la muerte.
F)     Necesidad y maravilla en la solución.


Cuentos:
 La carta robada,  Edgar Allan Poe 
La puerta y el pino, R. L. Stevenson.      
El marinero de Ámsterdam, André Gide            
El envenenador de Sir Williams, Anthony Berkeley 
La aventura del detective moribundo, Arthur Conan Doyle
El incendio de la casa abominable, Italo Calvino
La muerte y la brújula, Jorge Luis Borges

  
Lectura y ejercicio del cuento policial en siete sesiones.
Miércoles. 7 a 9 pm.
Inicio: 1 de junio de 2016.
Costo total: 1200 pesos.

Informes: ferdeleon71@gmail.com




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