Narrativas Verdaderas. Ensayos de Fernando de León

Este libro reúne nueve ensayos literarios en los que el autor es amable con el lector: claro, accesible y didáctico. Los primeros ensayos proponen una aproximación panorámica a la obra de dos escritores mexicanos notablemente melancólicos. En ellos se muestra, respectivamente, la centralidad de la noche en la obra de Francisco Tario, y el hecho de que todo acercamiento a la obra de Juan Rulfo es hipotético. Enseguida se estudian los paralelismos literarios en obras de Arreola y Claudel, de Borges y Calvino, mostrando simetrías, ecos, homenajes y coincidencias deliberadas. Otro ensayo explora la revolución ortográfica de lógica fonémica que propuso Alberto Magno Brambila, durante la Revolución mexicana. Se estudia la historia de Frankenstein como una historia del conocimiento. Y en el séptimo ensayo se revisan las formas que adopta la destrucción del alma en personajes de Stevenson, Wilde, Melville, Kafka, Camus y Perec. Pero, quizá, los trabajos más interesantes son los dos que cierran el volumen, dedicados a las series televisivas Dr. House y True Detective, mostrando cómo el empleo de la cámara y el ritmo de la edición construyen estrategias literarias. Narrativas reveladas que en este volumen involucran al espectador en la resolución de los enigmas verdaderos.

 Lauro Zavala

La roca

por Fernando de León


Vi de igual modo á Sísifo, el cual padecía duros trabajos empujando con entrambas manos una enorme piedra. Forcejaba con los pies y las manos e iba conduciendo la piedra hacia la cumbre de un monte; pero, cuando ya le faltaba poco para doblarla, una fuerza poderosa hacía retroceder la insolente piedra que caía rodando a la llanura. Tornaba entonces a empujarla, haciendo fuerza, y el sudor le corría de los miembros y el polvo se levantaba sobre su cabeza.
La Odisea, Canto XI

 Uno debe imaginar a Sísifo feliz.
Albert Camus

Vi de igual modo a mi padre. Lo vi sudar sumido en una nube de polvo y por más que lo intentaba no lograba verle el rostro, pero supe desde el principio que era él quien alzaba en hombros aquella enorme roca y daba temblorosos pasos subiendo por la empinada colina. El terreno no era amable, pues había muchas piedras pequeñas que parecían desear que mi padre se resbalara, y a veces lo conseguían; se tambaleaba poniendo en la tierra una rodilla con tal impacto que cimbraba la tierra. Además las hierbas secas y las raíces escondían intenciones tan negras como aquel cielo. Algo tenía de enfermizo y de burlón el viento, pues azotaba en el pecho de mi padre como un látigo invisible. Él no dejaba su roca, la cargaba con esmero y con delicada pasión; esa roca llena de aristas filosas que se encajarían de buena gana en una piel menos curtida. Juro que me impresionó verlo así; que sentí el impulso inmediato de correr hasta él y ayudarlo y llegando a la cumbre poder abrazarlo y decirle: “padre, estoy a mitad del viaje de mi vida y pese a los contratiempos he sido feliz, porque soy el viento próspero que me enseñaste a ser”. Y hubiera querido librarlo de su condena, pero los dioses no me lo iban a permitir; ni siquiera me dejaron que me viera, ni logré hablar con él. Lo observé con esa añoranza del porvenir con la que uno siempre mira a sus padres. Noté que casi llegaba a la cima cuando se giró y con extraño entusiasmo posó la piedra en el suelo, y diciéndole “¡sujétate!” la empujó para que rodara cuesta abajo. Fue cuando pude ver su rostro a pesar del polvo y de las tinieblas de aquel sitio. ¡Y sonreía! Miraba con alegría la piedra rodar, descender hasta perder el impulso y quedar varada en el suelo horizontal. Corría entonces dando traspiés de bajada hasta la piedra ya inmóvil y con cuidado la levantaba y la posaba en su espalda para iniciar otra vez el pesado y lento ascenso hasta lo alto. De nuevo, justo antes de llegar lo más arriba que se puede llegar, se giraba, colocaba la piedra en el suelo, le decía “sujétate” y la empujaba, contemplándola con tremenda sonrisa. De pronto recordé que un día, siendo yo muy pequeño, él me llevó a conocer la nieve y era tan abundante en el piso que yo no conseguía caminar sin hundirme. Me cargó en hombros hasta lo alto de una ladera y arriba improvisó con una corteza de árbol un trineo. Me dijo “sujétate” y empujó la corteza cuesta abajo. Tuve el viento helado en el rostro y la emoción de deslizarme surcando un inolvidable mar blanco. Cuando mi viaje terminó vi venir a mi padre por mí y me elevó en hombros para repetir la aventura desde lo alto. Sísifo, el más inteligente de los hombres, quien me enseñó a viajar con bonanza y astucia, decidió un día que su condena no sería tal, que la cambiaría por el recuerdo de una mañana feliz.




Dictamen y tallereo de libros de cuento, novela o ensayo


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He sido dictaminador de narrativa y ensayo para el Fondo Editorial Tierra Adentro (2010- 2016), para CONARTE (2016), y para El Fondo de Cultura Económica (2017-2018).

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