En bi, sí



La Vía Láctea en domingo






1
Desarmar y rearmar una bicicleta, sólo por trasladarla, es una afición —y una afección— inexplicable. Es preciso comenzar por las partes móviles: frenos, manubrio, asiento, tijeras, llantas (la trasera implica desenroscar el espró, zafar cada eslabón de la cadena tras haber encontrado el candado, reunir la grasa que lleva untada, en una propicia cajita) y una vez desprendidas del cuadro, pasar a la parte fina de la desmantelación: rayos, rínes, calcomanías, cámaras que terminarán debidamente enrolladas y acomodadas en la cajuela del automóvil para trasladarse a la Vía Recreactiva, un domingo cualquiera.
—¡Debe haber una manera más fácil de ir a pasear en bicicleta! —se lamenta Ingrid, patines colgados al hombro, luego que me ha visto guardarme en los bolsillos del pantalón las válvulas de cada cámara. Y la hay: tan simple como adquirir una parrilla y montar la bici en el capote del auto o viajar hasta un sitio deseado a lo largo de toda la avenida Juárez-Vallarta y rentar cuánta bicicleta fuera necesaria, pero eso sería algo demasiado sencillo.

2
Mirar a cientos de personas pasear en bicicleta reconforta. Es como mirar el paso de un bosque desde la ventanilla de un camión. La multitud rodante pasa en ambos sentidos de una gran avenida como lo es Vallarta con rostros serios por el orgullo y concentrados en su equilibrio, pero a merced de una súbita sonrisa. El sol y el viento los hacen sonreír. La presencia estática de los observadores en cada café improvisado con sillas y mesas en la banqueta, los hacen sonreír. Es una fiesta secreta de la que nadie habla y a la que nadie falta.
3
Mi hijo, Santiago, me mira fascinado rearmar la bicicleta. A su año y tres meses muchísimas cosas lo fascinan. Corona al artefacto una silla trasera para bebé y él ya se sabe pasajero. Ingrid nos despide —café servido y libro en mano—, y nosotros partimos hacia el “tour de agua y trompa” que por un extremo lo delimitan las fuentes de la avenida Chapultepec (donde presumiblemente comenzó la vida de todo el planeta, explico a Santiago) y en otro la trompa con todo y cuerpo del elefante petrificado que vio a Medusa el único día que fue de compras al Centro Magno. Busco maravillar a mi pasajero mientras pedaleo, pero lo consigo tanto como su cambiante paisaje de ramas colgantes, de otras bicicletas, casi esqueletos de caballos metálicos, de volátiles patinadores. Lo impresiona la pasarela de excéntricos perros arastrando a sus dueños, los surfistas del asfalto y los vivos colores contenidos en jarrones de aguas frescas coloreando a pálidos sedientos. No es fácil competir con la Vía Láctea en domingo para conseguir el asombro de Santiago.
—¡Hoy fuimos más allá del elefante! ¡Llegamos hasta La Minerva! —le cuento a Ingrid, mientras recobro el aliento y Santiago busca con parsimonia su chupón que debe pender por ahí, en algún extremo de su babero.
—¡La estatua entre la fuente y los prados parecía…
—“Como piedra en la hundida mejilla de la noche”—citó Ingrid mientras cerraba su libro de Paul Celan y se resignaba a contemplar el minucioso desarmado de mi bicicleta, antes de poder regresar a casa.




Este texto se publicó en el suplemento Primera Fila del diario Mural el 23 de noviembre de 2007. La fotografía fue tomada por Emilio de la Cruz.

2 comentarios:

sietesoles dijo...

Fernando: un cálido saludo desde acá. Miguel Manriquez.
http://miguelmanriquez-sietesoles.blogspot.com/

Eu dijo...

:o! que envidia disfrutar tanto de la vía recreativa...yo unicamente voy a revivir el horror de estamparme por ahí.

saludos

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