Miras el atardecer, el pavimento y las calles; los coches y las gentes. Miras todo a tu alrededor y reconoces el lugar, pero en realidad nada de eso importa, al menos para ti, Andrea, pues con tus veintitrés años y tus ojos verdes podrías conquistar el mundo. Pero ésa no es tu meta.
Curiosamente, tu meta primordial ahora es caminar. Y así, caminando, te vuelves testigo de cómo un coche azul atropella a un mimo que salió corriendo de por ahí desaforado, y miras en su blanca cara los más horribles gestos de dolor entremezclados con el rojo de su sangre. El chofer del automóvil parece no darse cuenta de lo sucedido y acelera, arrastrando el cuerpo inerte dos calles más arriba.
Sientes una sensación extraña, no tanto por lo ocurrido sino por tu frialdad, que en ningún momento se alteró, y prosigues tu camino.
Llegas a las puertas de un banco y disminuyes tu andar para ver tras las vitrinas lo que sucede adentro: es un asalto. Un hombre carga una costalilla con una mano; con la otra empuña una pistola. Un policía trata de atacarlo y el hombre le dispara. El policía voltea el rostro mientras una bala le atraviesa la cabeza. Cae como maniquí: sin vida.
El hombre se da a la huida. Logras verle la cara. Te parece conocido. Es el mimo. El mimo.
Te vas del lugar tan llena de indiferencia y continúas tu extraño caminar.
Percibes un olor desagradable que proviene de ese lote baldío sembrado de basura que tienes enfrente y donde te has detenido a observar. Algo se está moviendo: es una pareja de novios que discuten fuertemente. Él la tira con violencia al suelo y la empieza a besar entre la basura. Ella se resiste. A ti te dan unas ganas inmensas de ayudarla, pero no puedes moverte, ni parpadear siquiera.
Ella grita angustiada; él toma un tubo y le ordena que se calle, la golpea. A cada golpe sientes que algo dentro de ti se desgarra. El tipo se da cuenta de que la ha matado y corre; corre hacia ti, y mientras corre puedes verle el rostro y con la imaginación le pintas la cara de blanco para comprobar tus sospechas. Sí, es él.
Pasa junto a ti corriendo, sin verte, como si no existieras; pero lo que tú quieres es ver a la mujer que yace entre la basura. Te acercas al cuerpo: está boca abajo. Lo giras... jEres tú, Andrea! Estás muerta. Has vuelto sólo para ver qué fue del mimo después de matarte; él, que decía amarte tanto desde la infancia. Y recuerdas el asalto, el policía, el coche azul... y todo se obscurece antes de sentir tanto odio.
Despiertas. Te levantas y ves con agrado que ya estás en tu cuarto, o uno que te resulta conocido. Tomas esa fotografía tuya que dice: De Andrea con amor. Es la fotografía que le diste a tu novio el mimo y que jamás te devolvió.
¿Dónde estoy?, te preguntas asustada. En ese momento tocan bruscamente en la puerta y gritan: “¡La policía, abran!”, y tu mirada choca con el espejo sólo para descubrir que ya no eres Andrea. Eres el mimo.
Sales huyendo por la ventana y corres despavorido entre callejuelas, hasta cruzar una avenida. Ves venir un veloz coche azul que parece no detenerse. Que no se detendrá.
Miras el atardecer, el pavimento y las calles...




La versión literal de "El círculo" se publicó en el suplemento ea! hacia 1989. Esta adaptación al cómic, estupendamente ilustrada por Domitilo Esparza se publicó en El libro monero (U de G, 2004) con la errata de que las últimas páginas salieron invertidas arruinando la secuencia del cuento. Aquí se presenta en orden.










1 comentario:

Alberto dijo...

Hola, Fernando. No conocía ni el cuento ni la adaptación, me temo, pero por eso (entre otras cosas) ha valido la pena venir a este espacio de pelos.
Un abrazo.

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