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En el centenario de Flannery O´Connor, un ensayo sobre mi cuento predilecto de ella: Las dulzuras del hogar

La violencia requiere fuerzas siniestras, fuerzas aliadas que entren en conflicto y que asesoran a cada personaje que forma un bando. Sea en forma de ideología, de prejuicio o de espectral aparición esquizoide, los personajes del cuento “Las dulzuras del hogar” de la contundente autora norteamericana, Flannery O´Connor, se dejan aconsejar y son llevados de la mano por sus fantasmas a la desgracia. El protagonista, Tomás, es quizá el menos insensato a lo largo del cuento, un historiador, solterón que vive con su madre y que padece la enfermiza caridad que su madre tiene para con vagabundos. Sin embargo, en momentos de ira y de frustración escucha la siniestra voz de su padre muerto: una voz que en realidad teme y que quisiera no atender. Digo que es el menos insensato y es, sin duda, narrativamente hablando, la apuesta de la autora por identificarse con el lector; el hilo conductor del argumento. La madre, como se ha dicho, obedece al fantasma de la caridad y no puede evitar lanzarse a la ayuda de una mujer joven sin hogar que es alcohólica llamada Sara. Por su parte, Sara es una especie de víctima de sí misma que arrastra a quienes la rodean hacia un ámbito de miseria. Los tres pasan de una situación incómoda a un desdichado y accidental asesinato de la madre, por el hijo, con la pistola del difunto padre. ¿Desdichado y accidental? El cuento es un portento narrativo porque al final no estamos seguros de que lo sucedido haya sido un momentáneo acceso de locura. No estamos seguros de que Tomas no haya deseado matar a su madre. No estamos seguros de que el desprecio de Tomás por la ninfomaníaca Sara no haya sido sino pura tensión sexual convertida en violencia. El único que parece estar seguro de lo ocurrido es aquel personaje que no ha presenciado los acontecimientos pero que llega al final como invitado de honor a la violenta puesta en escena: el pétreo sheriff Farebrother de quien se dice, en un portentoso párrafo final: “Estaba acostumbrado a interrumpir escenas que nunca eran tan terribles como a él le hubieran gustado. Pero ésta colmaba su expectación de lo atroz.” El asunto primario es que O´Connor ha reunido en un cuento todos los ingredientes para hacer de él una bomba que pueda estallar en cualquier momento: la pasividad de Tomás, la terquedad de la madre, el carácter oportunista y vividor de Sara, una pistola cargada, el activo fantasma de un padre intolerante. Las piezas de este rompecabezas de la ira están dispuestas para que algo salga mal en cualquier momento. Lo notable, lo valioso es que ninguno de estos personajes es una caricatura en sí misma. Cada uno de ellos tiene una visión del mundo compleja y comprensible: la necesidad de ayudar sin saber cómo, es tan sólida como la descalificación que Tomás hace sobre los adictos y los vividores. Sara no hace sino lo que alguien que se ahoga y que hunde consigo a quien pretende salvarla. Incluso el carácter del fantasma del padre o del rudo sheriff son representativos del tipo de hombre que vivió a mediados del siglo pasado. Ninguno es falso o malévolo, son sólo fuerzas opuestas que están condenadas a colisionar. Al final parece que el elemento catalizador es el azar, pero incluso ese azar obedece a una lógica: Sara provoca, Tomás obedece al padre y dispara, la madre intercede y muere por alguien más. Precisamente, porque ninguno abandonó su postura, es que cada uno aumentó exponencialmente su propio destino miserable.

100 años de Italo Calvino. Ensayo de Fernando de León en la revista Liber

Italo Calvino, el inconfundible 



Italo Calvino fotografiado en Oslo, Noruega, el 7 de abril de 1961 por Johan Brun, fotógrafo del diario 'Dagbladet'. Fuente: Oslo Museum/ DigitaltMuseum.

Narrativas Verdaderas. Ensayos de Fernando de León

Este libro reúne nueve ensayos literarios en los que el autor es amable con el lector: claro, accesible y didáctico. Los primeros ensayos proponen una aproximación panorámica a la obra de dos escritores mexicanos notablemente melancólicos. En ellos se muestra, respectivamente, la centralidad de la noche en la obra de Francisco Tario, y el hecho de que todo acercamiento a la obra de Juan Rulfo es hipotético. Enseguida se estudian los paralelismos literarios en obras de Arreola y Claudel, de Borges y Calvino, mostrando simetrías, ecos, homenajes y coincidencias deliberadas. Otro ensayo explora la revolución ortográfica de lógica fonémica que propuso Alberto Magno Brambila, durante la Revolución mexicana. Se estudia la historia de Frankenstein como una historia del conocimiento. Y en el séptimo ensayo se revisan las formas que adopta la destrucción del alma en personajes de Stevenson, Wilde, Melville, Kafka, Camus y Perec. Pero, quizá, los trabajos más interesantes son los dos que cierran el volumen, dedicados a las series televisivas Dr. House y True Detective, mostrando cómo el empleo de la cámara y el ritmo de la edición construyen estrategias literarias. Narrativas reveladas que en este volumen involucran al espectador en la resolución de los enigmas verdaderos.

 Lauro Zavala

Juan José Arreola: 100 años



APROXIMACIONES: ARREOLA VISTO DESDE CLAUDEL

Del tiempo en que la vida me deparó la obra de Juan José Arreola, su prosa y su creatividad poética, recuerdo con especial deleite la sección de traducciones tituladas Aproximaciones, ahora incluidas en su Bestiario. Mi ingenuidad de entonces me convenció de que aquellas prosas no eran sino emulaciones, homenajes, actos de un virtuosismo poético, donde el escritor de Zapotlán el Grande, conseguía el estilo de personas que admiraba. Durante muchos años para mí Arreola fue Jules Renard, fue Henri Michaux  y fue Paul Claudel.
No importaba –acaso tampoco aun hoy importa– el homenajeado tanto como la belleza del texto en sí, que Arreola ofrecía. Me equivocaba, aunque no del todo, pues hablar de Arreola es hablar, precisamente, de Claudel y Michaux y Renard; es traer a cuento a Marcel Schwob, es no poder evitar esta fabulosa sensación, un poco inexplicable, de que cuando Renard escribe sobre Schwob, escribe también sobre Arreola. Y cito de su diario un conocido fragmento traducido por Juan Damonte:

Ayer Schwob se quedó hasta las dos de la mañana. Era como si tomara mi cerebro entre sus finos dedos y lo volviera del revés para exponerlo a la luz. Hablaba de Esquilo  y lo comparaba con Rodin. Analizaba "Los siete de Tebas" y la rivalidad de Eteocles y Polinice, y el estilo geométrico, arquitectónico, de la pieza: tantos enemigos contra tantos enemigos, tantos versos, por ejemplo diez, para cada jefe...
            En cierto momento, la lámpara se apagó. Encendí las velas del piano y el rostro de Marcel Schwob quedó en la sombra.
            Presiento que este joven ejercerá una enorme influencia sobre mí.

            Renard pareciera hablarnos anacrónicamente del Arreola que hemos conocido; noctámbulo conversador de finas y expresivas manos, cuyos discursos estaban siembre enriquecidos por la tradición clásica, capaz de convertir una tragedia griega en una partida de ajedrez y viceversa. El Arreola que reinventa, por ejemplo, la célebre y mítica historia de un Aristóteles anciano que es atormentado por la danza, erótica y sublime, de una musa a la cual sólo consigue menguar cuando compone su tratado De Armonía. Esta anécdota, que para el estudioso Gilbert Highet es una sátira medieval apenas digna de mención, para Arreola es la ocasión  de decirnos, por boca de Aristóteles, una frase tan poderosa como esta:

Mis versos son torpes y desgarbados como el paso del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.

            Es significativo que en Aproximaciones la mayoría de los poemas en prosa elegidos por Arreola para su divulgación en español hayan sido de Paul Claudel. Tengo entre mis manos el libro escrito entre 1895 y 1900 por Claudel de donde Arreola pudo haber hecho su selección: Connaissance de l´Est publicado en París hacia 1929.
            El primer texto elegido por el autor de Confabulario es “El puerco”.  Claudel lo describe fielmente en sus hábitos, nos lo presenta con el azoro y el interés que causa lo antes nunca visto. Luego, nos propone su ética: Ni el cuerpo puede bastarse a sí mismo, ni la doctrina que nos enseña es vana, traduce Arreola. La frase final de esa prosa no requiere redundar en lo valioso que es este animal:
Je n´omets pas que le sang de chochon sert á fixer l´or.
            Elegantemente, Arreola traduce:
Añadiré, finalmente que la sangre de puerco sirve para fijar el oro.
            Recordemos que estamos ubicados dentro del Bestiario y muy posiblemente “El puerco” fue un modelo inicial de la mecánica narrativa que opera en los textos de Arreola donde cada animal sirve para representar una característica humana, un giro en los enfoques habituales o una coartada poética para conseguir una imagen deslumbrante: cada animal es pareja de otro ser fantástico que es reflejo y abstracción: el rinoceronte es una ruina de lo que fue un unicornio, el sapo es el espejo de nuestra fealdad, la jirafa es la soberbia del espíritu. El autor de Bestiario los convoca, como un novedoso Noe, a subirlos, en pares, al arca de su escritura.
            Aún cuando la primera edición en 1959 no agrupó las Aproximaciones y el Bestiario, Arreola debió sentir que este retrato del puerco faltaba a su listado animal pero respetando la autoría de Claudel podría reunirlos en un mismo libro como lo hizo en posterior edición.
            El segundo texto que elige es “Octubre”. No elige los poemas “Noviembre” ni “Diciembre” que también surgen de la pluma de Claudel. Escoge “Octubre” y eso ya nos habla de la personalidad del Arreola lector y traductor. Su carácter "otoñal" y no "invernal" por decirlo de alguna manera, está presente desde la primera línea del texto:

C´est en vain que je vois les arbres toujours verts.

En vano veo los árboles todavía verdes.

            El verdor es vano cuando en la mente del observador ya todo está seco. Ante cada paisaje, una frase ronda el texto, contundente: C´en est fait! Todo está consumado; pero esta consumación, este ocaso no es deplorable; es un dulce fin, el término de un ciclo, más digno de celebración que de melancolía, es en palabras de Arreola una respuesta amorosa.
            Detengámonos en un hecho: las prosas que va eligiendo Arreola de Claudel en  principio nos revelan lo que el autor mexicano gustaba del francés y deseó compartir, pero también y de una manera mucho más íntima, nos muestran la prosa donde el propio Arreola se veía reflejado. Ante la creencia de que cada traductor debe desentenderse de su propia personalidad para poder serle fiel a cualquier texto ajeno, encontramos que Arreola abandona su personalidad sólo para reconocerse en Claudel como si el francés fuera un reflejo fidedigno. En tal sentido comprendemos que Arreola no adopte con académica severidad el concepto de la traducción y en cambio con afortunado tino se detenga en la palabra aproximación: al traducir lo que Arreola hace es más aún: aproximarse a sí mismo.
            Las siguientes cuatro prosas comparten de manera evidente y curiosa un elemento: el agua. Bástenos leer al azar de “Disolución”:

De nuevo soy conducido sobre el mar indiferente y líquido.

            De “La Derivación”:

Que otros ríos lleven al mar ramas de encina y la roja infusión de tierras ferruginosas...

            De “Tristeza en el agua”:

No pienses en acusar de tu melancolía al nublado, ni al velo de la llovizna oscura. Cierra tus ojos, escucha; la lluvia cae.

            De “Pensamiento en el mar”:

El barco sigue su ruta entre las islas; en la plenitud de la calma, el mar ha dejado de existir.

            No sólo el agua, está el amor y en consecuencia el desamor. Es la tristeza del amor que cobra imagen en la tristeza del agua, estar a la deriva, saberse perdido, quererse morir teniendo por cómplice al agua, diluirse en el mundo. La psicología moderna ha vinculado tentativamente a los suicidios por agua como aquellos que  motiva el desamor. Claudel elabora en la mayoría de estas prosas una apología del desencanto:

Quand je serai mort, on ne me fera plus souffrir
Cuando esté muerto ya nadie me hará sufrir

            Apología que Arreola compartió. Pero generalizar sería un grave error y no todo es líquido desencanto. Dos textos más navegan por rumbos diferentes: “Libación por el día futuro” el cuál es un exaltado poema a la aurora y un canto de esperanza en el porvenir.

Estoy en ella desnudo; al entrar desbordé su plenitud y el agua saltó como una catarata.

            El segundo es “La tierra vista desde el mar” y es  el sentir de un navegante que mira la tierra con nostalgia y resignación. Cito las palabras de Claudel traducidas por Arreola:

Venimos del horizonte y nuestro navío se enfrenta al muelle del mundo.

La tierra es más que el muelle del mundo, es el mundo y el mar es el limbo, el más puro exilio. Nada vincula al navegante con la tierra firme excepto la mirada:

La separación es irremediable; estoy alejado de todo, solamente la mirada me liga a las cosas.

            La vista se convierte en el único recurso de la aproximación. La vista que también es la lectura: el panorama que se convierte en literatura. Así ve Arreola a Claudel y se aproxima a él. Así vemos nosotros a Arreola desde Claudel como la tierra es vista desde el mar.
            La distancia depende de la profundidad de la mirada.
            Quiero terminar utilizando estas dos últimas ideas para evocar la figura de autor de Varia Invención: el hombre cuya literatura viene impregnada de irónica melancolía, hermosa e irremediable, y consigue de su gusto por la vida tener fe en el día futuro, pero también el hombre que supo entender la literatura como una suerte de aproximación entre cada uno de nosotros y nuestra vida. La traducción que hacemos del mundo cada día, donde no existen las distancias ni los encuentros o desencuentros como fatalidades del destino sino, valga el símil, como palabras que armonizan o no entre sí.
                Juan José Arreola nos demuestra que si somos vulnerables a la belleza y somos testimonio de ella, puede suceder el mágico momento en que la Armonía nos elija por montura.


Claudel.

Libre asociación al interior de la revista Punto de partida 188


 Punto de partida nos ofrece en su número 188 un panorama sobre el cuento argentino actual y logra con creces presentar al lector un mosaico de los autores cuentistas argentinos más recientes. Es un claro espíritu universitario el que mueve a la revista a difundir las nuevas plumas y no a reunir obra de autores ya consagrados. Para llevar a buen puerto este barco el escritor argentino Salvador Biedma colabora y hace un trabajo de selección digno de elogio bajo considerables restricciones: edad, geografía, temáticas, sabedor de que al final ofrecerá a los lectores un grupo de muy buenos cuentos.

En la naturaleza de las revistas está la lectura sin orden y al azar, también está en la naturaleza de las antologías pero en este caso el trabajo editorial es tan fino que si uno lee los cuentos en la secuencia que impone el índice el lector encontrará otra forma de viaje, una suerte de hilo conductor regido por la atmosfera, los tonos y la alternancia de estos.




 (Para seguir leyendo, pase por acá, por favor:)

http://www.puntodepartida.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=1636&Itemid=1
Texto leído en la pasada Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. En la fotografia, con Carmina Estrada, editora y cabeza de la revista Punto de Partida, publicación de la UNAM.

Revista Punto de Partida 176: Narrativa chilena actual


Dentro de la increíblemente vasta oferta que puede hacernos cualquier revista de literatura, elegir mostrar y promover obra de autores que por su juventud o su lejanía geográfica o circunstanciales marginaciones editoriales, son poco conocidos, es una elección atinada y fértil. La revista Punto de partida ha tomado esta meritoria elección y su número 176 está dedicada a la narrativa chilena actual.
            Ante una revista que ofrece cuentos y fragmentos de novela tengo la consigna de que leer cuentos es como contemplar arte figurativo y que leer fragmentos de novela se parece más a contemplar arte abstracto. Uno puede ver con toda nitidez la historia que ofrece un cuento de principio a fin y establecer un juicio de valor sobre su efectividad verbal respecto a la historia contada; en cambio ante un fragmento de novela uno renuncia tácitamente a saber la totalidad de la trama pero advierte, como en las pinturas abstractas, un ritmo, una tensión narrativa y una idea que surge más como un fantasma que como una fotografía instantánea.
            Por eso los lectores de Punto de partida podemos apreciar con toda nitidez en el cuento de "Patria automática" de Álvaro Bisama la investigación fantástica que escudriña un pasado casi familiar hasta llegar a saber y advertir un ejército de  soldados autómatas enterrados, o en el cuento “Si me llevas a Guadalajara, dejo de comer lácteos” de Claudia Apablaza nos divierte la truculenta plegaria de una personaje acostumbrada a vivir en la cuerda floja de sus sentimientos. O en el encriptado y breve cuento “Un retrato lineal” de Maori Pérez en el que un encargo sangriento tiene el rostro equivocado. Sólo tres cuentos ante siete fragmentos de novela. La numeralia parece decirnos lo evidente, que hoy por hoy en la narrativa reina la novela abrumadoramente sobre el cuento. Punto de partida ofrece siete fragmentos de novela que van, desde la cordialidad que asesina cualquier intención erótica, en la narrativa de Marcelo Mellado, a la superficialidad colectiva que se transforma en singular forma de profundidad individual en la polémica personaje de Yuri Pérez. De los sueños recordados como única pista para desentrañar el presente, en Nona Fernández, a la pasión contemplativa que contiene historias pudorosamente íntimas en la narrativa de Cynthia Rimsky, Pasando por fragmentos que retratan el horror, la violencia y la locura en novelas de Cristóbal Gaete, Matías Celedón y Felipe Becerra.
            Como lector he querido intuir algo que conecte entre sí a estos autores, no sólo una narrativa de la selección que la tiene y que la expone con lucidez Emilio Gordillo en el ensayo de apertura, sino algo que quizá sea exclusivamente chileno y exclusivamente actual. Esta especie de idea fija que la mayoría toca es el recuerdo. Veamos:
Nona Fernández escribe:
… no hay manera de ponerse de acuerdo porque en los sueños, lo mismo que en los recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible.
Fernández iguala a los recuerdos con los sueños porque el pasado es igual de vago, igual de irreal que los sueños.
En una parte del cuento de Álvaro Bisama dice:
Chile se llenó de nuevos caminos y nuevas guerras y el regreso de Libertadores pasó a ser una postal, una pintura, una especie de sombra pelirroja que presidia los discursos oficiales; a lo más, un recuerdo sin sangre.
En Bisama lo importante, lo que ocupa su relato se convierte en un recuerdo de poco valor, falseado, sin entraña.
En el fragmento de Cynthia Rimsky puede leerse:
Le pido que le pregunte a su padre si recuerda algo más, pero su expresión me dice que no le encuentra sentido a que su padre recuerde.
Y en ese juicio de Valor Rimsky enaltece la memoria y a la vez la ve devaluada para los demás.
En el cuento de Claudia Apablaza el tema del recuerdo se desempeña mediante su contrario, el olvido y escribe:
Por favor, San Expedito, olvidémonos de A, de JP, y de M. y te prometo que si me llevas a Guadalajara, dejo de comer quesos y lácteos y olvidémonos de A.
En el fragmento de su novela, Cristóbal Gaete escribe;
Pídeme lo que quieras, Patty, necesito algún recuerdo.
Y aunque entonces no lo sabe ese recuerdo será el secuestro de una niña.
Por su parte Matías Celedón escribe
Más allá del alumbrado, los recuerdos de una vida itinerante; la huella virgen del barro que sólo delataba la soledad y la lluvia.
Esa suma de recuerdos es la vida, para Celedón, una vida desolada.
En Felipe Becerra antes que recordar esta el reconocer, pero la exigencia múltiple es la misma:
¿es que tú lo reconoces Celedunio?
Asumo que aquí y ahora esta suma de citas que está fuera de contexto podrían hacerlos ver algo que no es y por lo demás el tema del recuerdo parecen una trampa pues nadie puede escribir sin la memoria, pero al escribir la palabra recuerdo el tema pasa a ser parte de las muchas o pocas obsesiones de un grupo de autores contenidos en esta revista. Entonces pareciera que el acto de recordar atrapara de manera significativa la inventiva de estos autores chilenos, cada uno enfrentándolo a su manera, cada uno llevándolo a un puerto diferente.
            Sin embargo tal observación no deja de ser sólo eso y el recuerdo como inquietud literaria no se filtra en los fragmentos de Marcelo Mellado ni de Yuri Pérez.
            Lo único seguro es que esta incursión en las letras chilenas que propone la revista Punto de partida les resultará reveladora, emocionante y los pondrá tras los pasos de autores que algo tienen por contarnos y que lo saben hacer muy bien.

Francisco Tario: Los días vividos



Francisco Tario amó lo exuberante tanto como lo hermético.  Prueba de su exuberancia fue su cabeza siempre rapada cual si quisiese exhibir los propios pensamientos, ser cristalino ante la propia mirada. En el otro extremo estaba su seudónimo literario ocultándole del mundo, resguardando de autorías a Francisco Peláez Vega. Hablar de él es asumir esa bipolaridad casi insostenible entre la fama y el anonimato, la articulación de la palabra y el silencio, la afirmación de un pensamiento y la válida negación del mismo.
            Tario nació el 2 de diciembre de 1911, en la ciudad de México; años de su juventud los pasó en Llanes, España. Años de su madurez transcurrieron en Acapulco. Fue pianista, astrónomo y naturista, portero del equipo de futbol Asturias y frontenista. 


Como escritor abordó casi todos los géneros conocidos de la escritura. Gustó de los viajes mientras existieron los trasatlánticos y los ferrocarriles placenteros y su constante viajar lo dio muchos lugares queridos y una lengua con variados acentos. Por todo ello asumir que tuvo una sola patria significaría limitarlo. Es de suponer que no renunció a tener una, sino que armó la propia con sus días y proyectos: una patria con el aire matinal de Llanes y los atardeceres de Acapulco, con plácidas lecturas y temeraria escritura; fue un expedicionario de la literatura fantástica cuya patria es la imaginación.   
            Si precisamos ubicar a este autor en un lugar y un momento histórico, este debe ser el México literario en cuyo escenario brillaban las figuras de Juan Rulfo y Juan José Arreola. Si bien sus lectores no abundaron los tuvo memorables y memoriosos, como Alí Chumacero, José Luis Martínez, Octavio Paz y también, quien fuera uno de sus más tenaces promotores, Edmundo Valadés. Aunque es preciso notar que cada libro que Tario escribió y publicó, lo hizo sin anteponer el poco o mucho éxito que ante la crítica pudieran tener, pues la idea de vivir de la escritura no lo desveló. 
            México está en sus páginas, pero oculto, no es el México que en esos años la historia nacional promueve, no es el México revolucionario, ni pobre, ni fanáticamente religioso; es un México aristócrata y fantástico: hay violencia, sí, pero dentro de la reflexión. Únicamente hay necesidad de crear artífices y sólo es fiel a sí mismo. Baste comparar los fantasmas de Tario a los de Rulfo, los primeros son alegres, nómadas, parten de una Inglaterra sobre poblada de fantasmas para recorrer el mundo como gitanos; los segundos permanecen cautivos en el infierno circular de un pueblo, son el eco de sus culpas, penan sólo para atormentar a los vivos.
La compasión, la risa, el afecto, la soledad, son  temas comunes en todo escritor, pero en Tario están en función de una meta elemental: vivir. Vivir y lograr que su escritura haga vivir al lector. El lenguaje es un objeto punzocortante que, si bien primero cosquillea, siempre termina por herir a sus personajes y con ellos al lector: aún entonces la agresión no tiene más objeto que lograr una reacción vitalista, salvadora; una llamada desesperada al embelesado personaje y al adormecido lector. Porque –resulta evidente– existir cansa, entumece, inmoviliza, y la escritura de Tario lucha por no caer en ese sopor; hiere porque sólo en la herida esta la demostración de que todavía queda vida.
           
Tario, cuentista.

El 24 de diciembre de 1942 –como lo indica el colofón– se terminó de imprimir el primer libro de Francisco Tario, titulado La noche. Con él inicia una de la obras más imaginativas, sugerentes y poco difundidas de la literatura mexicana. Es un libro compuesto por quince cuentos, unidos de diversas maneras por la noche. Quizá todo primer libro siempre es un laboratorio de experimentación y un inconsciente muestrario de obsesiones: Tario, lejos de ser la excepción es el ejemplo, pues aunque intenta en cada cuento –más aún, en cada libro posterior– producir un efecto, un sentimiento distinto e irrepetible en su lector, revela una de sus obsesiones: explicar la noche. Tres años más tarde publicaría en Equinoccio este lamento que acaso haya escrito mucho antes:

Nadie ha explicado satisfactoriamente lo que es la noche. Y mucho peor que nadie, del modo más brutal y rudimentario, los astrónomos. ¡Oh, qué tiene que ver la noche de los prostíbulos, y los templos cerrados, y los hospitales, con la noche de que hablan los astrónomos!
           
            Los cuentos de La noche intentan esa explicación fantástica entre jardines y cementerios, una noche habitada por personajes siempre marginales e infames: una gallina, un perro, un indio, cincuenta libros. Hay tanta vitalidad en los cuentos de Tario que cobra vida un féretro, un traje, un barco. Viven y hablan, pues el lenguaje, más que la respiración, es la prueba de estar vivo.
            Si comparar ayuda a describir la calidad de un autor: La noche del muñeco es, por la tristeza que embarga la fealdad de su personaje, un cuento equiparable a El natalicio de la infanta de Oscar Wilde, sólo que mientras en éste el enano toma dolorosamente conciencia de su fealdad ante un repentino espejo, el muñeco de Tario sueña que, a pesar de su triste aspecto, todavía puede tener un hermoso destino, aunque ese destino sólo sea soñar. Son muchos los cuentos de este libro que no pertenecen al género fantástico o mejor dicho que poseen las propiedades fantásticas de las fábulas y sin embargo la gran mayoría ostenta una extrañeza que hace de la prosa de Tario algo único. En  “La noche del hombre”, por ejemplo, el narrador afirma: … el mar es un terrible misterio, no menor tal vez que el de la muerte…  mientras refiere el fugaz encuentro con un oficinista maduro en la playa y –sin saberlo del todo– asiste a las últimas horas de vida de aquel hombre que nunca antes había mirado el mar. En ese mismo tono melancólico escribió el relato Yo de amores qué sabía publicado en 1950.
            Tapioca Inn: mansión para fantasmas se publicó en 1952. Los nueve cuentos que lo integran son de mayor extensión y profundidad que los de La noche. Su sentido del humor sigue siendo negro y lo fantasmal ha envuelto todo su mundo, aún en los argumentos que no invitan a fantasmas, revelan que nuestra percepción de la realidad es el fantasma más temible de todos. En el cuento “La polka de los curitas” una mujer escucha inexplicablemente una polka como una enfermedad que pronto se dispersa cual epidemia. En “Ciclopropano” un paciente anestesiado, e intervenido quirúrgicamente, sana su cuerpo mientras su alma realiza una perturbadora mutación. “La semana escarlata” es la afortunada inclusión de un argumento fantástico dentro de un cuento policial: un hombre sueña impunemente cometer crímenes que en efecto repercuten en la realidad, y un detective, para detenerlo, también deberá soñar una persecución y un enfrentamiento.
            Julio Cortázar insistió en la importancia de saber leer un cuento, en la concentración, la lentitud y el paladeo de las relecturas que permiten asimilarlo, como se asimila un poema y muy lejano a la voracidad que implica leer una novela. Los cuentos de Tario merecen el ejercicio de esa sabiduría.
            Dieciséis años después, en 1968, aparecería un nuevo libro de dieciséis cuentos y sería el último que publicaría en vida: Una violeta de más. En toda la obra de Tario existen sutiles conductos comunicantes que pueden ser variaciones temáticas recurrentes, estrategias narrativas o incluso personajes. Un recordado comentario de José Luis Martínez dicta: “Las obras de Tario prefieren, antes que continuar una tradición, crearla por sí misma”. Y, ciertamente, esa preferencia le convirtió en precursor de sí mismo: Tapioca Inn: Mansión para fantasmas es precursor de Una violeta de más.
            En la minificción de “Música de cabaret”, que comienza así: “Era repulsivo y extraño a la vez aquel insignificante niño de un centímetro de altura. Ya encontramos la idea primitiva de “El mico”. “La semana escarlata” es un antecedente directo de “Como a finales de septiembre” en cuanto a variación temática de superponer planos oníricos a planos reales y también antecede en cuanto a estrategia narrativa al más célebre de los cuentos de Tario: “Entre tus dedos helados”, pues los personajes entran y salen del sueño y un acoso policial rige sus atmósferas, aunque en el primero es una maldad satisfecha y castigada; en cambio “Entre tus dedos helados” es mucho más perturbador, una pesadilla perfecta de enorme mérito visual y argumentativo como una obra kafkiana filmada por Orson Welles.
            El título Una violeta de más es un misterio que no se revela entre sus propias páginas; pero en Breve diario de un amor perdido se puede leer la siguiente frase:
…  violetas de perfumada piedra son para el hombre los días vividos.
            Los días vividos son violetas de perfumada piedra: Una violeta de más, es decir un día vivido de más, seguramente aludiendo al tiempo que Tario sobrevivió tras la muerte de su  esposa, Carmen Farell, a quien dedica así su libro:
Para ti, mágico fantasma, las que fueron tus últimas lecturas.
            Tiempo que quizá sintió estaba viviendo de más. De ser así, su primer libro explica la noche, y el último, el día.

Fragmen–Tario

Quizá el anonimato editorial que acosó a Tario fue en parte producto de una incomprensión genérica. Borges decía que los géneros existen en medida que existen las expectativas del lector y aquel que hubiera esperado leer un reato en La puerta en el muro  hacia 1946, debió haber creído que el autor de aquel texto estaba enloquecido. Y no. Acababa de inventar un género que de aquí en adelante llamaré “Fragmen–Tario”. Equinoccio, publicado también en 1946, nutre tal género, conjunción aleatoria y deliberada de elementos como la minificción:
No vuelven los muertos.
– ¡Bah! ¿Y aquel señor de etiqueta que me presentaron anoche en tu casa?
            Con el aforismo:
En flor –mas no el árbol bajo el cual te sentabas, sino tú misma.
            La sentencia:
Hablad pensando en el que nace o muere y ningún Buda os hará una mala pasada nunca.
            Y el poema en prosa:
 Así te hablaba. Mas si hablara de ti a los demás diría que eras una hermosa especie de flor impura o de súcubo inmaculado. Mas prefiero guardar silencio y abrir bien los ojos durante la espesa noche por ver si apareces contra mi ventana igual que una mariposa amarillenta, con las aletas de la nariz desplegadas.
            Los mensajes contenidos en los fragmentos de Equinoccio están unidos por un tono, una manera de decir que recuerda por momentos a los Robaiyyat del poeta persa Umar Khayyam; en ambos, por ejemplo, el llamado del placer es una estrategia ciertamente desafiante por vivir: es preciso negar tanto el irrevocable pasado como el incierto futuro para poder vivir el presente.
            Equinoccio es un libro que hoy en día Tario hubiera podido escribir vía Twitter, pues tiene el mismo molde de brevedad y aparente independencia temática que adopta la literatura en esta red social. Así, en Equinoccio las ideas tienen vínculos desordenados: si filosóficamente su más fuerte lazo es el desdén que siente por todo lo que contraría la naturaleza humana; estructuralmente su fraseo son esos saltos tan afines al proceso del pensamiento.
            Tario ya había experimentado antes en un texto cuya continuidad operaba por asociación de ideas como había sido “La noche de los genios raros” incluido en La noche y lo fragmentario adoptaría más tarde el pulido rostro de minificciones reunidas en el texto “Música de cabaret” integrado en Tapioca Inn: Mansión para fantasmas.
            Con igual estrategia narrativa, pero centrado en el duelo amoroso, escribe Breve diario de un amor perdido, publicado en 1951, mismo año en que vio la luz otro libro “Fragmen–Tario” con fotografías de Lola Álvarez Bravo y textos de Tario, titulado Acapulco en el sueño. En él los textos breves de Tario no tienen la común carga del extrañamiento que en solitario podrían generar al lector, pues éste los encuentra ora soportados, ora confabulados con las fotografías y tanto los textos como las imágenes expresan un discurso igualmente fragmentario e instantáneo, son afines y se conducen por incesantes asociaciones de ideas.
            Una de esas fotografías tomadas por Lola Álvarez Bravo ilustra peculiarmente el carácter espectacular y onírico del autor. Muestra a Francisco Tario vistiendo un traje gris y un sombrero de ala ancha, con lentes negros, un puro en la boca, en una mano una maleta y en la otra un paraguas sin desplegar, parado en la cubierta de un barco que naufraga.


Tario: dramaturgo



Entre los libros de Francisco Tario que se publicaron póstumamente hubo uno que reunió sus piezas teatrales hacia 1988: El caballo asesinado y otras obras de teatro. Escribir teatro fue para Tario una forma tan natural de expresión como la narrativa o el aforismo: de hecho, su narrativa se vuelve dramaturgia de manera casi imperceptible en las minificciones de “Música de cabaret”. El caballo asesinado, Terraza con jardín infernal y Una soga para Winnie son las tres piezas teatrales que conforman dicho libro. En ellas el valor es doble, pues son obras deliberadamente absurdas y divertidas, pero además resultan reveladoras respecto a la obra total de Francisco Tario.
            Acceder al teatro de Tario es penetrar un laberinto de referencias, auto referencias e incesantes propuestas literarias. En El caballo asesinado la aparición de Sherlock Holmes investigando un crimen es clara referencia, que el presunto sospechoso del crimen investigado tenga el apellido Joergensen igual que su protagonista del cuento “Aureola o alvéolo” es autorreferente (aunque el primero se llame Jonathan y sea escocés y el segundo un noruego llamado Gustavo), al igual que ambos sean buscadores de fantasmas; que la condición de mortal supla en terror y pánico a la que produce la aparición de un fantasma al presentarse ante los otros personajes, o que exista la posibilidad de cometer un asesinato durante un sueño, (idea que retomará en el cuento “La semana escarlata”) son, en suma, algunas de las muchas propuestas literarias que pululan en estas piezas dramáticas.
            Es habitual en la dramaturgia la creencia de que un texto gana cuanto menores son las acotaciones e indicaciones que hace el autor sobre el desempeño histriónico que los actores deben tener al momento de interpretar; en las piezas de Tario las acotaciones tienen un matiz inesperado y más que sugerir un gesto agregan una imagen la cual puede llegar a ser irrepresentable. Por ejemplo dice: “Trae en la mano un respetable fémur” ¿Cómo dotar a un hueso de la cualidad de respetable? Tario no busca complicar la vida de sus futuros directores sino que genera textos teatrales que no sólo funcionen en el escenario, sino en la lectura misma. Más que proponer un exclusivo teatro de atril, Tario espera que el lector de su pieza disfrute tanto como el espectador del montaje aunque por razones diferentes. 
            Es un teatro absurdo aunque no porque le interese lo absurdo como lenguaje o como tema, sino porque sólo desde ahí puede contemplar a distancia lo racional y lo irracional, para convertirlo inmediatamente en algo más hermoso y menos exigente con la cotidianidad humana.

Tario, novelista

Invirtió tres años en escribir su primer una novela, titulada Los Vernovov  y apenas la terminó fue a parar al fuego. En 1943, cuando sólo han transcurrido meses de haber aparecido La noche, publicaría por vez primera una novela: Aquí abajo. La trama transcurre en la Ciudad de México, y sus personajes enfrentan un tipo de miseria y mediocridad que sólo las ciudades propician. Antonino y Elvira, con sus hijos, Liborio y Carlota son una familia que por la calle de Peralvillo  viven una vida apacible, sin embargo la posibilidad de un aumento salarial en el empleo de Antonino como periodista desencadena un ejército de tormentos cotidianos como los celos, la indiferencia, la salud, el incierto porvenir.
Tario es un novelista que de inmediato profundiza en sus personajes y los lleva de la placidez al punto delirante de decir: “Daba terror vivir”. El reencuentro de Elvira con su amor de infancia, Lauro, primo suyo quien ha perdido un brazo, es el surgimiento de una tentación perversa. Los cuestionamientos religiosos de Antonino, sus impresiones acerca de un cuadro del Nazareno y su dramático final nos recuerdan marcadamente escenas de dos películas de Luis Buñuel, entonces aún no filmadas: Nazarín (1959) y Él (1952). Una frase circula por la novela como un tormento: Hermano: ¿quieres confesión? Cuando lo que cada personaje busca es expiación por pecados que no han cometido, expiación por ser como son. Las risas burlescas que Antonino comienza a escuchar inexplicablemente y enmarcan su desequilibrio mental se adelantan a otra novela que hoy etiquetamos de existencialista pero que es inclasificable: La caída (1956) de Albert Camus. Muy a su manera Tario es, correspondiente con su época, un existencialista, aunque los personajes de Aquí abajo no son insensibles al absurdo: sufren y se destrozan ante el sinsentido de la vida.
En la narrativa de Francisco Tario hablar de literatura fantástica o realista es cometer una doble inexactitud y es que ante el recuento de su obra se podría caer en la tentación de decir que como novelista fue autor realista y como cuentista fue un autor fantástico, pero la realidad y la fantasía sólo fueron para Tario recursos literarios en función de intereses mucho más profundos que impresionar momentáneamente al lector. En todo caso, Tario como estilista, busca hacer la fantasía creíble y cotidiana así como hacer de lo real algo asombroso e inaceptable, y ese punto de intersección entre la realidad y la fantasía la concentra el tema de la locura sobre el cual versó su siguiente novela; Jardín secreto.
 Publicada en 1993 –dieciséis años después de la muerte de su autor–, Jardín Secreto es la más enigmática de las obras de Francisco Tario. En ella se condensan todas las intrincadas habilidades del autor. La historia se desarrolla en una finca a orillas del mar llamada La Encina. Narrada por Mario, un niño en la primera parte y un adulto en la segunda, es la historia de una locura hereditaria que trasciende. En alguna parte del Mahabharata se dice que la locura es un camino olvidado, no erróneo ni distorsionado, simplemente olvidado: Jardín secreto es ese sendero oculto en la memoria del narrador y es también la historia de un crimen que se origina más allá de los ejecutores, en sus antepasados remotos por una locura ancestral.   
            Tario parece hacer en esta novela cuando menos dos postulados: el primero propone que la infancia es y será siempre un paraíso perdido; sólo en esta época sucede la felicidad, pero no es una felicidad eterna como tampoco la desgracia posterior que llega con la vida adulta lo es. Finalmente, lo único que perdura es la indiferencia, la insensibilidad.

            El segundo es de varias maneras consecuente: el hombre busca la infancia al buscar el amor, sin entender que son dos bondades distintas. Por ello Mario y Esperanza se casan tratando así de recuperar su amor de infancia. La búsqueda del amor será la búsqueda de ese delito que unirá por el resto de sus vidas a los amantes como unió –y eso Dante lo ha demostrado– a Francesca y a Paolo en el infierno.

            El invierno de 1977 vio morir a Francisco Tario en Madrid. Legó a sus lectores historias de extraña belleza. Como el clérigo Maturin, como el capitán Burton, nunca tuvo demasiados lectores, pero también como ellos, nunca dejará de tenerlos.


 Ensayo publicado en la revista Tierra Adentro número 173-174.

LUIGI AMARA: CAZADOR DE INFAMIAS

Los disidentes del universo, de Luigi Amara, es un libro de ensayos cuyos te­mas son apasionantes, aunque en su conjunto pro­pongan una visión excéntrica de la pasión. El título y su epílogo lo plantean claramen­te: los personajes que protago­nizan estos perfiles son, por sus historias, características y manías, seres infames en el sentido doble que adopta el término, de descrédito y de injusto anonimato al que conduce, en­tre otras causas, el propio descrédito. Per­sonajes que están no­toriamente fuera de lo que, en general, llamaríamos nuestro uni­verso, nuestra co­tidianidad, nuestro sentido común. Sin embargo, esta marginalidad en la que ha­bitan, lejos de incitar la misericor­dia de los que aún estamos dentro de nues­tra fantasmal normalidad, los vuelve al ins­tante seres perturbadoramente admirables, porque han vivido de una forma singular e irrepetible. Los personajes que han atrapado la atención de Luigi Amara son John Connish y su adicción por hacer cola, o fila, como mejor se entienda; Jo­han­nes Richter, prácticamente un inqui­sidor que investiga la autenticidad y censura sin piedad las últimas palabras antes de morir de las celebridades; Thomas Lloyd, excén­trico comedor de papel; Ju­lia Pastrana, una mujer cubierta total­men­te de cabello, exhibida en circos por su propio esposo; ajedrecistas que se ensi­misman durante horas para hacer una movida en una partida de ajedrez, Roy Robert Smith, hombre que ha permane­cido prácticamente inerte toda su vida; Isidoro García Saldaña, taxidermista de animales fantásticos. Cada ensa­yo cum­ple con creces las expectativas que desde el planteamiento del tema general, cada ensayo conlleva una reflexión profun­da y es ejecutado con una dosis de humor ne­gro porque en ellos abundan las anécdotas que sorpren­den y divierten.

En este punto, yo quisiera aconsejar al futuro lector de este libro: desconfiar de la veracidad de los datos presentados por el ensayista es algo extremadamente agotador e innecesario, crean en él, pacten con él y comprobarán que lo que plantea son proble­mas genuinos, y que si en al­guno que otro punto no lo han sido para la historia, ahora lo son para la mente del lector que los registra.

Todo ensayo tiene, de una manera inicial, un espíritu de monólogo, de soliloquio, porque algo nos quiere contar o plantear el autor sobre sí mismo, pero leer a Luigi Amara, más que escucharlo, es conversar con él, incluso dialogar con su tema. Tie­ne no sólo la habilidad de po­ner a pensar al lector sino de despertar su voz para lle­varlo al amistoso mundo de la discusión. Tiene, además, atributos que lo dotan in­creíblemente para el ensayo: por una parte, su formación como filósofo le exige claridad de ideas y su calidad de poeta lo lle­va a buscar en todo mo­mento la palabra exacta y la frase que dis­pare la imagina­ción del lector. Por si eso fuera poco, es­tamos ante un autor que valora y ejerce el poder de la ficción.

La idea de que Amara es un ensayista que ha pensado mucho en el fondo y la for­ma de este libro es patente desde el orden propuesto para los ensayos: así, un lector afecto a la continuidad, como yo (los hay respetablemente dispersos), que se adentra en cada perfil, descubrirá que el excén­trico ensayo sobre hacer cola es su punto de partida y el taxidermista, amante de lo inamovible, del ensayo fi­nal, es su punto de llegada. Es decir, que incluso de forma estructural, Amara en­saya un proceso que va de la lentitud a la inmovilidad absoluta, de la aparente su­perficialidad de hacer cola, aspirando al lento avance por turno, a los ensayos finales que son la metafísica de un Kas­par Hauser voluntario y a una exaltación de la filosofía del Bartleby de Melville: “preferiría no hacerlo” y al ensa­yo sobre la taxidermia fantástica que es de entrada la inmovilidad biológica absoluta. La movilidad e inmovilidad son una sola obse­sión, sugerida en el Amara poeta de El cazador de grietas y declarada nota­ble­mente ya en el Amara ensayista de El peatón inmóvil.

El camino de la lentitud a la inmovilidad es sinuoso y a veces laberíntico en los textos de Amara. Por ejemplo, en el ensayo sobre los ajedrecistas absortos que encon­tramos a medio libro, el autor se pregunta qué pensarán los brillantes ajedrecistas en­tre demoradas movidas, si será un mara­villoso despliegue de racio­cinio casi delirante. Al siguiente párrafo, Amara plantea otra duda igualmente inte­resante que desca­lifica a la primera, la cual yo la enunciaría así: quizás esa de­mora sea sólo la estrategia de una mente amañada pero no brillante. Acto seguido, Amara propone una tercer vertiente que conduce a una suerte de mis­ticismo del ajedrez. El ensayista, en tres párrafos, nos presenta tres caminos, nos convence en cada ocasión de que cada cami­no nos lleva a una respuesta satisfactoria. Quizá los planteamientos de Amara tengan la cualidad de la retórica pero, por la sinceridad de su búsqueda, sospechamos que toda pregunta retórica tiene la espe­ranza de dejar de serlo, de tener una res­puesta no evidente. De golpe comprende­mos que la respuesta es sí. Sí a todo: la abstracción de los ajedrecistas a veces es un delirio ma­ravilloso, a veces también es una trampa psicológica y, a veces, las menos pero su­cede, es un arrobo místico: como lector de este ensayo me descubro absorto ante el texto como ante un tablero de ajedrez. El camino de la lentitud a la inmovilidad es el camino de la abstracción.

Los ensayos contenidos en Los disi­den­tes del universo son puertas a perso­najes y situaciones extraordinarias que se conectan de manera secreta pero directa con el resto del universo: son el margen que recuerda haber sido centro, porque algo hay en noso­tros de raro y de alucinante, algo que sub­terráneamente lucha por aflorar en cada uno de nosotros co­mo fuego fatuo, y que siem­pre hemos so­metido y ocultado, algo que nos lleva a leer con avidez este libro y a sol­tar, de vez en cuando, una risita nerviosa de asom­brosa complicidad.
 
Luigi Amara, Los disidentes del universo, Gobierno del Estado de México, México, 2011, 160 p.




Publicado en la revista Crítica número 143.

Literatura coreana

El ave y los estándares*


1. Preámbulo
Empezaré confesando que al principio de mis lecturas de los libros que nos han reunido me sentí, en alguna medida, desorientado. En español la palabra desorientado deriva de oriente. Estar orientado significa saber dónde está el oriente, pero su significado profundo es tener la certeza de dónde estamos y hacia dónde vamos. Nuestro idioma ha otorgado a la idea de Oriente esa y muchas otras virtudes. “De Oriente viene toda la sabiduría” escribió Oscar Wilde y ser sabio es, sin duda, estar orientado en los avatares de la vida.

Comentar cada libro, a veces, implica encontrar un sitio de observación, un punto de referencia y yo no encontraba de dónde asirme; los nombres siempre son vínculos con una cultura en particular y en este caso me resultaban muy lejanos; los detalles de las circunstancias históricas me eran desconocidos. No encontraba en el estilo de los autores nada que me condujera a algún lugar que mis afectos encontraran familiar. Para colmo me sabía ante una traducción. Las traducciones son los fantasmas más amables de la comunicación, pero fantasmas, al fin. Estaba, entonces, ante la sorpresa de lo ajeno y, sin embargo, me sentía tremendamente cómodo, pues bastaba con dejar de buscar lo conocido para empezar a apreciar lo desconocido.


Antes de hablar individualmente sobre cada autor quiero resaltar un hecho que me parece fabuloso y es cómo el Korean Literatura Translation Institute arropa y protege a sus autores y, al mismo tiempo, es increíblemente cordial con el lector. Me refiero a los dos folletos independientes de los libros que se han preparado especialmente, y los cuales contienen una selecta muestra de la obra del autor, como es natural, pero también la propia voz del autor que ora es entrevistado, ora ensaya sobre sus convicciones. Además contienen la voz de críticos literarios como Kim Dong-shik, profesor de la Universidad de Inha; biografía y bibliografía: es decir, no sólo introducen la obra de sus autores en otra lengua, sino allanan el camino al lector con ediciones colaterales críticas y, en este caso, didácticas. Y por ello mismo les adelanto que sería muy difícil para mí superar o profundizar, con una presentación, más de lo que ya logra la selección de textos que tiene cada uno de los dos folletos; aunque también, esa circunstancia me brinda la posibilidad de comentar algo más que novelas y relatos, también podré divagar sobre algunas ideas literarias que los autores expresan. Por lo demás, me amparo en lo valioso que tiene la experiencia de la lectura, que es individual pero digna de compartirse.


2 El ave


Creo en aquello de que los libros eligen a sus lectores, y aunque parezca coincidente mi acercamiento a los libros de Eun Hee-kyung, confieso que me sentí atrapado por la lectura de su novela El regalo del ave (Emecé, 2009) literalmente atrapado, no metafóricamente, y lo digo, en principio, por dos razones: yo he desarrollado últimamente una aversión a los roedores; ahora bien: la novela comienza con la minuciosa descripción de una rata, pero es tan cautivador el estilo de Eun, que yo no podía dejar de leer aquello que, en la vida real y en mis pesadillas, me repulsaría. Más adelante la misma novela cuenta, entre las muchachas historias que contiene, la anécdota de Chang-gun, un niño que por curioso resbala al fondo de una fosa séptica y cae entre la mierda: el rescate y las consecuencias son narradas con detalle. Aunque una anécdota tan terrible nunca me sucedió, recordé que cuando fui niño y visité mucho un pueblo de aquí, de Jalisco, llamado Amacueca donde tengo tíos y primos: había una fosa séptica en su casa; un tablón con dos agujeros era el excusado, un agujero pequeño para los niños y uno grande para los adultos. Yo, sentado sobre el agujero pequeño pensaba que bastaría un error, sentarse en el grande para caer al fondo y eso debía ser el infierno. Encontré ese infantil infierno de caca en la historia de Chang-gun.


Podrán juzgar que mis historias no son pertinentes ahora, pero lo que quiero decir con ejemplos es que cada lector que sea elegido por una novela de Eun Hee-kyung, encontrará fragmentos y variaciones de su propia historia. Eso es algo muy íntimo que puede pasar dentro de una lectura y lo más importante es que me ha sucedido con un libro que por principio me pareció distante y ajeno.


El lector de El regalo del ave notará que, más que describir la maldad de sus personajes, Eun nos comenta, con lujo de detalle, los defectos que dan razón de ser a cada personaje; y lo que súbitamente resulta evidente es que la belleza que logra no se encuentra en el balance entre defectos y virtudes, sino en la lente de aumento con la que nos acerca a esas minucias. La belleza surge de la delicadeza que implica mirar algo de cerca.


Uno puede asombrarse de la malicia que tiene la niña protagonista de El regalo del ave, pero esa niña de mirada astuta y vil se apodera de nuestra compasión, porque ella tampoco ha sido bienvenida al mundo hostil y defectuoso que la hospeda.


La autora nos ofrece por epígrafe un poema de Jacques Prévert, el cual se titula “Regalo de un ave” y cito:


El viejo loro


Vino trayendo sus semillas de girasol


Y el sol entró en su prisión de niño


Los versos de Prévert tienen alegorías poderosas: el loro viejo, suena sabio y ligero. La semillas siempre nos vinculan con la esperanza, pero lo importante es lo que ocasionan y dónde lo ocasionan: el sol entrando mágicamente a la infancia que es a la vez una prisión. Es hermoso y triste. Coincide con el realismo melancólico, pero no exento de esperanza de la escritura de Eun.


Como ya lo festejé, los folletos contienen ensayos. El de Eun presenta un ensayo titulado: "El ser humano, incoherente; el mundo, un misterio; y la literatura, una cuestión". En tal ensayo Eun dice algo con lo que estoy completamente de acuerdo y la cito:


“Para mí, un escritor ya no es un maestro o un mentor, sino otro contemporáneo que registra las angustias de una época”


Lo suscribo pues también pienso que un escritor, en algunas épocas de la historia, podrá ser, o sería deseable que fuera, maestro o mentor, pero nunca debe dejar de ser ese contemporáneo que registre con toda su habilidad e inteligencia las angustias de su tiempo, que a la vez son las propias.


Aplicando a ella su propia definición de escritor, Eun es a todas luces una escritora que sin proponerse ser nuestra maestra nos enseña nuestras angustias y que sin ser nuestra mentora, su escritura pone el ejemplo que nos lleve a manifestar aquello que nos hace infelices, y también lo que vale la pena vivir.


El título del ensayo es muy revelador en la obra de la autora. Pareciera que marca su punto de partida y conjetura su meta, pues quisiera descubrir la coherencia del ser humano; lograr, a fuerza de escribir, desentrañar el misterio que es el mundo; y encontrar la literatura como una respuesta y no como pregunta.






3 Los estándares

En la lectura de Park Min-gyu experimenté en menor medida esa sensación de extrañeza ante un mundo ajeno y fue porque la materia de sus cuentos me implicaron de una manera más urgente: la presencia de superhéroes y naves extraterrestres me resultaron divertidas y me vi de inmediato inmerso en el remolino que significa la vida moderna y en el cual entramos sin preguntarnos si verdaderamente queremos ser parte de ello.

Al leerlo es evidente que Park le ha declarado la guerra a todo aquello que pueda ser reducido a un mero convencionalismo: le ha declarado la guerra al erotismo, a la ternura y a la idea de la razón, pero no le ha declarado la guerra al humor y de forma muy particular el sarcasmo es su aliado y su antídoto contra una forma de vida frívola y autómata.

Sus cuentos y relatos también se alejan de la estructura canónica que busco reconocer en todo narrador y lo que encuentro es una versión modificada, pero efectiva en su objetivo. Yo diría que su intención narrativa es provocar, desafiar al lector y su fin último es ocasionar la reflexión del lector sobre la vida moderna y sus muchos aspectos insufribles y a la vez irrecusables. Me recordó a un filósofo que es un entrañable cuentista: el polaco Leszek Kolakowski, pero Park no tiene, y estoy seguro que no desea, esa solemnidad lógica y demostrativa de los cuentos de Kolakowski y sin embargo los cuentos de ambos tiene en mí un efecto parecido, me orillan a una reflexión audaz y vertiginosa que termina en el abismo de la utopía, pues el problema que suelen enfrentar es enorme, inabarcable.

A Park le preocupa la vida moderna y cómo el sistema capitalista nos orilla a vivirla. Su novela breve Los estándares coreanos ha sido incluida en el libro: Ji-Do. Antología de la narrativa coreana contemporánea (selección de Kim Un-kyung y Oliverio Coelho, editorial Santiago Arcos, 2009), y el laureado folleto también lo incluye, como también contiene un desenfadado ensayo suyo sobre la propia obra en la que afirma: “Los estándares coreanos es una novela sobre el infortunio.” Y efectivamente hay algo de inamovible, algo de fatalidad en el mundo que critica, algo que podríamos llamar “Destino” pero quizá la palabra destino no sea la que mejor describa el mecanismo de la narrativa de Park, pues en español, la palabra destino está cargada de un peso casi gratuito: implica un futuro terrible o glorioso, pero nunca mediocre y Park se alía con los que son derrotados por el sistema.

Infiero la queja que Park tiene contra el sistema capitalista: que falsea la tragedia y falsea la comedia, por lo tanto vivir se vuelve un acto de inconsciencia, sometida por estándares de “calidad”, y esa turbia mediocridad está a la vuelta de la esquina disfrazada de algo más, acechándonos. La escritura de Park se convierte entonces, como Clark Kent, sin dudar, pero también sin haberlo elegido, en el superhéroe que nos salve.

Esto es lo que quería decirles sobre estos dos fecundos autores. Gracias.




*Texto leído en la FIL, en Guadalajara, el 28 de noviembre de 2010.


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