Mostrando las entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ensayo. Mostrar todas las entradas
En el centenario de Flannery O´Connor, un ensayo sobre mi cuento predilecto de ella: Las dulzuras del hogar
La violencia requiere fuerzas siniestras, fuerzas aliadas que entren en conflicto y que asesoran a cada personaje que forma un bando. Sea en forma de ideología, de prejuicio o de espectral aparición esquizoide, los personajes del cuento “Las dulzuras del hogar” de la contundente autora norteamericana, Flannery O´Connor, se dejan aconsejar y son llevados de la mano por sus fantasmas a la desgracia. El protagonista, Tomás, es quizá el menos insensato a lo largo del cuento, un historiador, solterón que vive con su madre y que padece la enfermiza caridad que su madre tiene para con vagabundos. Sin embargo, en momentos de ira y de frustración escucha la siniestra voz de su padre muerto: una voz que en realidad teme y que quisiera no atender. Digo que es el menos insensato y es, sin duda, narrativamente hablando, la apuesta de la autora por identificarse con el lector; el hilo conductor del argumento. La madre, como se ha dicho, obedece al fantasma de la caridad y no puede evitar lanzarse a la ayuda de una mujer joven sin hogar que es alcohólica llamada Sara. Por su parte, Sara es una especie de víctima de sí misma que arrastra a quienes la rodean hacia un ámbito de miseria. Los tres pasan de una situación incómoda a un desdichado y accidental asesinato de la madre, por el hijo, con la pistola del difunto padre. ¿Desdichado y accidental? El cuento es un portento narrativo porque al final no estamos seguros de que lo sucedido haya sido un momentáneo acceso de locura. No estamos seguros de que Tomas no haya deseado matar a su madre. No estamos seguros de que el desprecio de Tomás por la ninfomaníaca Sara no haya sido sino pura tensión sexual convertida en violencia. El único que parece estar seguro de lo ocurrido es aquel personaje que no ha presenciado los acontecimientos pero que llega al final como invitado de honor a la violenta puesta en escena: el pétreo sheriff Farebrother de quien se dice, en un portentoso párrafo final:
“Estaba acostumbrado a interrumpir escenas que nunca eran tan terribles como a él le hubieran gustado. Pero ésta colmaba su expectación de lo atroz.”
El asunto primario es que O´Connor ha reunido en un cuento todos los ingredientes para hacer de él una bomba que pueda estallar en cualquier momento: la pasividad de Tomás, la terquedad de la madre, el carácter oportunista y vividor de Sara, una pistola cargada, el activo fantasma de un padre intolerante. Las piezas de este rompecabezas de la ira están dispuestas para que algo salga mal en cualquier momento.
Lo notable, lo valioso es que ninguno de estos personajes es una caricatura en sí misma. Cada uno de ellos tiene una visión del mundo compleja y comprensible: la necesidad de ayudar sin saber cómo, es tan sólida como la descalificación que Tomás hace sobre los adictos y los vividores. Sara no hace sino lo que alguien que se ahoga y que hunde consigo a quien pretende salvarla. Incluso el carácter del fantasma del padre o del rudo sheriff son representativos del tipo de hombre que vivió a mediados del siglo pasado. Ninguno es falso o malévolo, son sólo fuerzas opuestas que están condenadas a colisionar. Al final parece que el elemento catalizador es el azar, pero incluso ese azar obedece a una lógica: Sara provoca, Tomás obedece al padre y dispara, la madre intercede y muere por alguien más. Precisamente, porque ninguno abandonó su postura, es que cada uno aumentó exponencialmente su propio destino miserable.
100 años de Italo Calvino. Ensayo de Fernando de León en la revista Liber
Italo Calvino, el inconfundible
Italo Calvino fotografiado en Oslo, Noruega, el 7 de abril de 1961 por Johan Brun, fotógrafo del diario 'Dagbladet'. Fuente: Oslo Museum/ DigitaltMuseum.
Narrativas Verdaderas. Ensayos de Fernando de León
Este libro reúne nueve ensayos literarios en los que el autor es amable con el lector: claro, accesible y didáctico. Los primeros ensayos proponen una aproximación panorámica a la obra de dos escritores mexicanos notablemente melancólicos. En ellos se muestra, respectivamente, la centralidad de la noche en la obra de Francisco Tario, y el hecho de que todo acercamiento a la obra de Juan Rulfo es hipotético. Enseguida se estudian los paralelismos literarios en obras de Arreola y Claudel, de Borges y Calvino, mostrando simetrías, ecos, homenajes y coincidencias deliberadas. Otro ensayo explora la revolución ortográfica de lógica fonémica que propuso Alberto Magno Brambila, durante la Revolución mexicana. Se estudia la historia de Frankenstein como una historia del conocimiento. Y en el séptimo ensayo se revisan las formas que adopta la destrucción del alma en personajes de Stevenson, Wilde, Melville, Kafka, Camus y Perec. Pero, quizá, los trabajos más interesantes son los dos que cierran el volumen, dedicados a las series televisivas Dr. House y True Detective, mostrando cómo el empleo de la cámara y el ritmo de la edición construyen estrategias literarias. Narrativas reveladas que en este volumen involucran al espectador en la resolución de los enigmas verdaderos.
Lauro Zavala
Juan José Arreola: 100 años
APROXIMACIONES: ARREOLA VISTO DESDE CLAUDEL
Del tiempo en
que la vida me deparó la obra de Juan José Arreola, su prosa y su creatividad
poética, recuerdo con especial deleite la sección de traducciones tituladas Aproximaciones, ahora incluidas en su Bestiario. Mi ingenuidad de entonces me
convenció de que aquellas prosas no eran sino emulaciones, homenajes, actos de
un virtuosismo poético, donde el escritor de Zapotlán el Grande, conseguía el
estilo de personas que admiraba. Durante muchos años para mí Arreola fue Jules
Renard, fue Henri Michaux y fue Paul
Claudel.
No
importaba –acaso tampoco aun hoy importa– el homenajeado tanto como la belleza
del texto en sí, que Arreola ofrecía. Me equivocaba, aunque no del todo, pues
hablar de Arreola es hablar, precisamente, de Claudel y Michaux y Renard; es
traer a cuento a Marcel Schwob, es no poder evitar esta fabulosa sensación, un
poco inexplicable, de que cuando Renard escribe sobre Schwob, escribe también
sobre Arreola. Y cito de su diario un conocido fragmento traducido por Juan
Damonte:
Ayer Schwob se quedó hasta las dos de la mañana.
Era como si tomara mi cerebro entre sus finos dedos y lo volviera del revés
para exponerlo a la luz. Hablaba de Esquilo
y lo comparaba con Rodin. Analizaba "Los siete de Tebas" y la
rivalidad de Eteocles y Polinice, y el estilo geométrico, arquitectónico, de la
pieza: tantos enemigos contra tantos enemigos, tantos versos, por ejemplo diez,
para cada jefe...
En
cierto momento, la lámpara se apagó. Encendí las velas del piano y el rostro de
Marcel Schwob quedó en la sombra.
Presiento
que este joven ejercerá una enorme influencia sobre mí.
Renard pareciera hablarnos
anacrónicamente del Arreola que hemos conocido; noctámbulo conversador de finas
y expresivas manos, cuyos discursos estaban siembre enriquecidos por la
tradición clásica, capaz de convertir una tragedia griega en una partida de
ajedrez y viceversa. El Arreola que reinventa, por ejemplo, la célebre y mítica
historia de un Aristóteles anciano que es atormentado por la danza, erótica y
sublime, de una musa a la cual sólo consigue menguar cuando compone su tratado De Armonía. Esta anécdota, que para el
estudioso Gilbert Highet es una sátira medieval apenas digna de mención, para
Arreola es la ocasión de decirnos, por
boca de Aristóteles, una frase tan poderosa como esta:
Mis versos son torpes y desgarbados como el paso
del asno. Pero sobre ellos cabalga la Armonía.
Es significativo que en Aproximaciones la mayoría de los poemas
en prosa elegidos por Arreola para su divulgación en español hayan sido de Paul
Claudel. Tengo entre mis manos el libro escrito entre 1895 y 1900 por Claudel
de donde Arreola pudo haber hecho su selección: Connaissance de l´Est publicado en París hacia 1929.
El primer texto elegido por el autor
de Confabulario es “El puerco”. Claudel lo describe fielmente en sus hábitos,
nos lo presenta con el azoro y el interés que causa lo antes nunca visto.
Luego, nos propone su ética: Ni el cuerpo
puede bastarse a sí mismo, ni la doctrina que nos enseña es vana, traduce
Arreola. La frase final de esa prosa no requiere redundar en lo valioso que es
este animal:
Je n´omets pas que le sang de chochon
sert á fixer l´or.
Elegantemente, Arreola traduce:
Añadiré, finalmente que la sangre de puerco sirve
para fijar el oro.
Recordemos que estamos ubicados
dentro del Bestiario y muy
posiblemente “El puerco” fue un modelo inicial de la mecánica narrativa que
opera en los textos de Arreola donde cada animal sirve para representar una
característica humana, un giro en los enfoques habituales o una coartada
poética para conseguir una imagen deslumbrante: cada animal es pareja de otro
ser fantástico que es reflejo y abstracción: el rinoceronte es una ruina de lo
que fue un unicornio, el sapo es el espejo de nuestra fealdad, la jirafa es la
soberbia del espíritu. El autor de Bestiario
los convoca, como un novedoso Noe, a subirlos, en pares, al arca de su
escritura.
Aún cuando la primera edición en
1959 no agrupó las Aproximaciones y
el Bestiario, Arreola debió sentir
que este retrato del puerco faltaba a su listado animal pero respetando la
autoría de Claudel podría reunirlos en un mismo libro como lo hizo en posterior
edición.
El segundo texto que elige es “Octubre”.
No elige los poemas “Noviembre” ni “Diciembre” que también surgen de la pluma
de Claudel. Escoge “Octubre” y eso ya nos habla de la personalidad del Arreola
lector y traductor. Su carácter "otoñal" y no "invernal" por
decirlo de alguna manera, está presente desde la primera línea del texto:
C´est en vain que je vois les arbres
toujours verts.
En vano veo los árboles todavía verdes.
El verdor es vano cuando en la mente
del observador ya todo está seco. Ante cada paisaje, una frase ronda el texto,
contundente: C´en est fait! Todo está
consumado; pero esta consumación, este ocaso no es deplorable; es un dulce fin,
el término de un ciclo, más digno de celebración que de melancolía, es en
palabras de Arreola una respuesta amorosa.
Detengámonos en un hecho: las prosas
que va eligiendo Arreola de Claudel en
principio nos revelan lo que el autor mexicano gustaba del francés y
deseó compartir, pero también y de una manera mucho más íntima, nos muestran la
prosa donde el propio Arreola se veía reflejado. Ante la creencia de que cada
traductor debe desentenderse de su propia personalidad para poder serle fiel a
cualquier texto ajeno, encontramos que Arreola abandona su personalidad sólo
para reconocerse en Claudel como si el francés fuera un reflejo fidedigno. En tal
sentido comprendemos que Arreola no adopte con académica severidad el concepto
de la traducción y en cambio con afortunado tino se detenga en la palabra
aproximación: al traducir lo que Arreola hace es más aún: aproximarse a sí
mismo.
Las siguientes cuatro prosas
comparten de manera evidente y curiosa un elemento: el agua. Bástenos leer al
azar de “Disolución”:
De nuevo soy conducido sobre el mar indiferente y
líquido.
De “La Derivación”:
Que otros ríos lleven al mar ramas de encina y la
roja infusión de tierras ferruginosas...
De “Tristeza en el agua”:
No pienses en acusar de tu melancolía al nublado,
ni al velo de la llovizna oscura. Cierra tus ojos, escucha; la lluvia cae.
De “Pensamiento en el mar”:
El barco sigue su ruta entre las islas; en la
plenitud de la calma, el mar ha dejado de existir.
No sólo el agua, está el amor y en
consecuencia el desamor. Es la tristeza del amor que cobra imagen en la
tristeza del agua, estar a la deriva, saberse perdido, quererse morir teniendo
por cómplice al agua, diluirse en el mundo. La psicología moderna ha vinculado
tentativamente a los suicidios por agua como aquellos que motiva el desamor. Claudel elabora en la
mayoría de estas prosas una apología del desencanto:
Quand je serai mort, on ne me fera plus
souffrir
Cuando esté muerto ya nadie me hará sufrir
Apología que Arreola compartió. Pero
generalizar sería un grave error y no todo es líquido desencanto. Dos textos
más navegan por rumbos diferentes: “Libación por el día futuro” el cuál es un
exaltado poema a la aurora y un canto de esperanza en el porvenir.
Estoy en ella desnudo; al entrar desbordé su
plenitud y el agua saltó como una catarata.
El segundo es “La tierra vista desde
el mar” y es el sentir de un navegante
que mira la tierra con nostalgia y resignación. Cito las palabras de Claudel
traducidas por Arreola:
Venimos del horizonte y nuestro navío se enfrenta
al muelle del mundo.
La
tierra es más que el muelle del mundo, es el mundo y el mar es el limbo, el más
puro exilio. Nada vincula al navegante con la tierra firme excepto la mirada:
La separación es irremediable; estoy alejado de
todo, solamente la mirada me liga a las cosas.
La vista se convierte en el único recurso de la
aproximación. La vista que también es la lectura: el panorama que se convierte
en literatura. Así ve Arreola a Claudel y se aproxima a él. Así vemos nosotros
a Arreola desde Claudel como la tierra es vista desde el mar.
La distancia depende de la profundidad de la mirada.
Quiero
terminar utilizando estas dos últimas ideas para evocar la figura de autor de Varia Invención: el hombre cuya
literatura viene impregnada de irónica melancolía, hermosa e irremediable, y
consigue de su gusto por la vida tener fe en el día futuro, pero también el
hombre que supo entender la literatura como una suerte de aproximación entre
cada uno de nosotros y nuestra vida. La traducción que hacemos del mundo cada
día, donde no existen las distancias ni los encuentros o desencuentros como
fatalidades del destino sino, valga el símil, como palabras que armonizan o no
entre sí.
Juan José
Arreola nos demuestra que si somos vulnerables a la belleza y somos testimonio
de ella, puede suceder el mágico momento en que la Armonía nos elija por
montura.
Claudel.
Libre asociación al interior de la revista Punto de partida 188
Punto de partida nos ofrece en su número 188 un panorama sobre el cuento argentino actual y logra con creces presentar al lector un mosaico de los autores cuentistas argentinos más recientes. Es un claro espíritu universitario el que mueve a la revista a difundir las nuevas plumas y no a reunir obra de autores ya consagrados. Para llevar a buen puerto este barco el escritor argentino Salvador Biedma colabora y hace un trabajo de selección digno de elogio bajo considerables restricciones: edad, geografía, temáticas, sabedor de que al final ofrecerá a los lectores un grupo de muy buenos cuentos.
En la naturaleza de las revistas está la lectura sin orden y al azar, también está en la naturaleza de las antologías pero en este caso el trabajo editorial es tan fino que si uno lee los cuentos en la secuencia que impone el índice el lector encontrará otra forma de viaje, una suerte de hilo conductor regido por la atmosfera, los tonos y la alternancia de estos.
(Para seguir leyendo, pase por acá, por favor:)
http://www.puntodepartida.unam.mx/index.php?option=com_content&task=view&id=1636&Itemid=1
Texto leído en la pasada Feria Internacional del Libro, en Guadalajara. En la fotografia, con Carmina Estrada, editora y cabeza de la revista Punto de Partida, publicación de la UNAM.
Revista Punto de Partida 176: Narrativa chilena actual
Dentro
de la increíblemente vasta oferta que puede hacernos cualquier revista de
literatura, elegir mostrar y promover obra de autores que por su juventud o su
lejanía geográfica o circunstanciales marginaciones editoriales, son poco
conocidos, es una elección atinada y fértil. La revista Punto de partida ha
tomado esta meritoria elección y su número 176 está dedicada a la narrativa
chilena actual.
Ante una revista que ofrece cuentos
y fragmentos de novela tengo la consigna de que leer cuentos es como contemplar
arte figurativo y que leer fragmentos de novela se parece más a contemplar arte
abstracto. Uno puede ver con toda nitidez la historia que ofrece un cuento de
principio a fin y establecer un juicio de valor sobre su efectividad verbal
respecto a la historia contada; en cambio ante un fragmento de novela uno
renuncia tácitamente a saber la totalidad de la trama pero advierte, como en
las pinturas abstractas, un ritmo, una tensión narrativa y una idea que surge
más como un fantasma que como una fotografía instantánea.
Por eso los lectores de Punto de
partida podemos apreciar con toda nitidez en el cuento de "Patria automática" de
Álvaro Bisama la investigación fantástica que escudriña un pasado casi familiar
hasta llegar a saber y advertir un ejército de
soldados autómatas enterrados, o en el cuento “Si me llevas a
Guadalajara, dejo de comer lácteos” de Claudia Apablaza nos divierte la
truculenta plegaria de una personaje acostumbrada a vivir en la cuerda floja de
sus sentimientos. O en el encriptado y breve cuento “Un retrato lineal” de
Maori Pérez en el que un encargo sangriento tiene el rostro equivocado. Sólo
tres cuentos ante siete fragmentos de novela. La numeralia parece decirnos lo
evidente, que hoy por hoy en la narrativa reina la novela abrumadoramente sobre
el cuento. Punto de partida ofrece siete fragmentos de novela que van, desde la
cordialidad que asesina cualquier intención erótica, en la narrativa de Marcelo
Mellado, a la superficialidad colectiva que se transforma en singular forma de
profundidad individual en la polémica personaje de Yuri Pérez. De los sueños
recordados como única pista para desentrañar el presente, en Nona Fernández, a la
pasión contemplativa que contiene historias pudorosamente íntimas en la narrativa
de Cynthia Rimsky, Pasando por fragmentos que retratan el horror, la violencia
y la locura en novelas de Cristóbal Gaete, Matías Celedón y Felipe Becerra.
Como lector he querido intuir algo
que conecte entre sí a estos autores, no sólo una narrativa de la selección que
la tiene y que la expone con lucidez Emilio Gordillo en el ensayo de apertura,
sino algo que quizá sea exclusivamente chileno y exclusivamente actual. Esta
especie de idea fija que la mayoría toca es el recuerdo. Veamos:
Nona
Fernández escribe:
…
no hay manera de ponerse de acuerdo porque en los sueños, lo mismo que en los
recuerdos, no puede ni debe haber consenso posible.
Fernández
iguala a los recuerdos con los sueños porque el pasado es igual de vago, igual
de irreal que los sueños.
En
una parte del cuento de Álvaro Bisama dice:
Chile
se llenó de nuevos caminos y nuevas guerras y el regreso de Libertadores pasó a
ser una postal, una pintura, una especie de sombra pelirroja que presidia los
discursos oficiales; a lo más, un recuerdo sin sangre.
En
Bisama lo importante, lo que ocupa su relato se convierte en un recuerdo de
poco valor, falseado, sin entraña.
En
el fragmento de Cynthia Rimsky puede leerse:
Le
pido que le pregunte a su padre si recuerda algo más, pero su expresión me dice
que no le encuentra sentido a que su padre recuerde.
Y
en ese juicio de Valor Rimsky enaltece la memoria y a la vez la ve devaluada
para los demás.
En
el cuento de Claudia Apablaza el tema del recuerdo se desempeña mediante su
contrario, el olvido y escribe:
Por
favor, San Expedito, olvidémonos de A, de JP, y de M. y te prometo que si me
llevas a Guadalajara, dejo de comer quesos y lácteos y olvidémonos de A.
En
el fragmento de su novela, Cristóbal Gaete escribe;
Pídeme
lo que quieras, Patty, necesito algún recuerdo.
Y
aunque entonces no lo sabe ese recuerdo será el secuestro de una niña.
Por
su parte Matías Celedón escribe
Más
allá del alumbrado, los recuerdos de una vida itinerante; la huella virgen del
barro que sólo delataba la soledad y la lluvia.
Esa
suma de recuerdos es la vida, para Celedón, una vida desolada.
En
Felipe Becerra antes que recordar esta el reconocer, pero la exigencia múltiple
es la misma:
¿es
que tú lo reconoces Celedunio?
Asumo
que aquí y ahora esta suma de citas que está fuera de contexto podrían hacerlos
ver algo que no es y por lo demás el tema del recuerdo parecen una trampa pues
nadie puede escribir sin la memoria, pero al escribir la palabra recuerdo el
tema pasa a ser parte de las muchas o pocas obsesiones de un grupo de autores
contenidos en esta revista. Entonces pareciera que el acto de recordar atrapara
de manera significativa la inventiva de estos autores chilenos, cada uno
enfrentándolo a su manera, cada uno llevándolo a un puerto diferente.
Sin embargo tal observación no deja
de ser sólo eso y el recuerdo como inquietud literaria no se filtra en los
fragmentos de Marcelo Mellado ni de Yuri Pérez.
Lo
único seguro es que esta incursión en las letras chilenas que propone la
revista Punto de partida les resultará reveladora, emocionante y los pondrá
tras los pasos de autores que algo tienen por contarnos y que lo saben hacer
muy bien.
Francisco Tario: Los días vividos
Francisco Tario amó lo exuberante
tanto como lo hermético. Prueba de su
exuberancia fue su cabeza siempre rapada cual si quisiese exhibir los propios
pensamientos, ser cristalino ante la propia mirada. En el otro extremo estaba
su seudónimo literario ocultándole del mundo, resguardando de autorías a
Francisco Peláez Vega. Hablar de él es asumir esa bipolaridad casi insostenible
entre la fama y el anonimato, la articulación de la palabra y el silencio, la
afirmación de un pensamiento y la válida negación del mismo.
Tario nació el 2 de diciembre de 1911, en la ciudad de
México; años de su juventud los pasó en Llanes, España. Años de su madurez
transcurrieron en Acapulco. Fue pianista, astrónomo y naturista, portero del equipo
de futbol Asturias y frontenista.
Como escritor abordó casi todos los géneros conocidos
de la escritura. Gustó de los viajes mientras existieron los trasatlánticos y
los ferrocarriles placenteros y su constante viajar lo dio muchos lugares
queridos y una lengua con variados acentos. Por todo ello asumir que tuvo una
sola patria significaría limitarlo. Es de suponer que no renunció a tener una,
sino que armó la propia con sus días y proyectos: una patria con el aire
matinal de Llanes y los atardeceres de Acapulco, con plácidas lecturas y
temeraria escritura; fue un expedicionario de la literatura fantástica cuya
patria es la imaginación.
Si precisamos ubicar a este autor en un lugar y un
momento histórico, este debe ser el México literario en cuyo escenario
brillaban las figuras de Juan Rulfo y Juan José Arreola. Si bien sus lectores
no abundaron los tuvo memorables y memoriosos, como Alí Chumacero, José Luis
Martínez, Octavio Paz y también, quien fuera uno de sus más tenaces promotores,
Edmundo Valadés. Aunque es preciso notar que cada libro que Tario escribió y
publicó, lo hizo sin anteponer el poco o mucho éxito que ante la crítica
pudieran tener, pues la idea de vivir de la escritura no lo desveló.
México está en sus páginas, pero oculto, no es el México
que en esos años la historia nacional promueve, no es el México revolucionario,
ni pobre, ni fanáticamente religioso; es un México aristócrata y fantástico:
hay violencia, sí, pero dentro de la reflexión. Únicamente hay necesidad de
crear artífices y sólo es fiel a sí mismo. Baste comparar los fantasmas de
Tario a los de Rulfo, los primeros son alegres, nómadas, parten de una
Inglaterra sobre poblada de fantasmas para recorrer el mundo como gitanos; los
segundos permanecen cautivos en el infierno circular de un pueblo, son el eco
de sus culpas, penan sólo para atormentar a los vivos.
La
compasión, la risa, el afecto, la soledad, son
temas comunes en todo escritor, pero en Tario están en función de una
meta elemental: vivir. Vivir y lograr que su escritura haga vivir al lector. El
lenguaje es un objeto punzocortante que, si bien primero cosquillea, siempre
termina por herir a sus personajes y con ellos al lector: aún entonces la
agresión no tiene más objeto que lograr una reacción vitalista, salvadora; una
llamada desesperada al embelesado personaje y al adormecido lector. Porque
–resulta evidente– existir cansa, entumece, inmoviliza, y la escritura de Tario
lucha por no caer en ese sopor; hiere porque sólo en la herida esta la
demostración de que todavía queda vida.
Tario, cuentista.
El 24 de diciembre de 1942 –como lo indica el colofón–
se terminó de imprimir el primer libro de Francisco Tario, titulado La noche.
Con él inicia una de la obras más imaginativas, sugerentes y poco difundidas de
la literatura mexicana. Es un libro compuesto por quince cuentos, unidos de diversas
maneras por la noche. Quizá todo primer libro siempre es un laboratorio de
experimentación y un inconsciente muestrario de obsesiones: Tario, lejos de ser
la excepción es el ejemplo, pues aunque intenta en cada cuento –más aún, en
cada libro posterior– producir un efecto, un sentimiento distinto e irrepetible
en su lector, revela una de sus obsesiones: explicar la noche. Tres años más
tarde publicaría en Equinoccio este lamento que acaso haya escrito mucho
antes:
Nadie ha explicado
satisfactoriamente lo que es la noche. Y mucho peor que nadie, del modo más
brutal y rudimentario, los astrónomos. ¡Oh, qué tiene que ver la noche de los
prostíbulos, y los templos cerrados, y los hospitales, con la noche de que
hablan los astrónomos!
Los cuentos de La
noche intentan esa explicación fantástica entre jardines y cementerios, una
noche habitada por personajes siempre marginales e infames: una gallina, un
perro, un indio, cincuenta libros. Hay tanta vitalidad en los cuentos de Tario
que cobra vida un féretro, un traje, un barco. Viven y hablan, pues el
lenguaje, más que la respiración, es la prueba de estar vivo.
Si comparar ayuda a describir la calidad de un autor: La noche del muñeco es, por la tristeza
que embarga la fealdad de su personaje, un cuento equiparable a El natalicio de la infanta de Oscar
Wilde, sólo que mientras en éste el enano toma dolorosamente conciencia de su
fealdad ante un repentino espejo, el muñeco de Tario sueña que, a pesar de su
triste aspecto, todavía puede tener un hermoso destino, aunque ese destino sólo
sea soñar. Son muchos los cuentos de este libro que no pertenecen al género
fantástico o mejor dicho que poseen las propiedades fantásticas de las fábulas
y sin embargo la gran mayoría ostenta una extrañeza que hace de la prosa de
Tario algo único. En “La noche del
hombre”, por ejemplo, el narrador
afirma: … el mar es un terrible misterio, no menor tal vez que el de la
muerte… mientras refiere el fugaz
encuentro con un oficinista maduro en la playa y –sin saberlo del todo– asiste
a las últimas horas de vida de aquel hombre que nunca antes había mirado el
mar. En ese mismo tono melancólico escribió el relato Yo de amores qué sabía publicado en
1950.
Julio Cortázar insistió en la importancia de saber leer
un cuento, en la concentración, la lentitud y el paladeo de las relecturas que
permiten asimilarlo, como se asimila un poema y muy lejano a la voracidad que
implica leer una novela. Los cuentos de Tario merecen el ejercicio de esa
sabiduría.
Dieciséis años después, en 1968, aparecería un nuevo
libro de dieciséis cuentos y sería el último que publicaría en vida: Una violeta de más. En toda la obra de
Tario existen sutiles conductos comunicantes que pueden ser variaciones
temáticas recurrentes, estrategias narrativas o incluso personajes. Un
recordado comentario de José Luis Martínez dicta: “Las obras de Tario prefieren, antes que continuar una tradición,
crearla por sí misma”. Y, ciertamente, esa preferencia le convirtió en
precursor de sí mismo: Tapioca Inn:
Mansión para fantasmas es precursor de Una
violeta de más.
En la minificción de “Música de cabaret”, que comienza
así: “Era repulsivo y extraño a la vez
aquel insignificante niño de un centímetro de altura. Ya encontramos la
idea primitiva de “El mico”. “La semana escarlata” es un antecedente directo de
“Como a finales de septiembre” en cuanto a variación temática de superponer
planos oníricos a planos reales y también antecede en cuanto a estrategia
narrativa al más célebre de los cuentos de Tario: “Entre tus dedos helados”, pues los personajes entran y
salen del sueño y un acoso policial rige sus atmósferas, aunque en el primero
es una maldad satisfecha y castigada; en cambio “Entre tus dedos helados” es
mucho más perturbador, una pesadilla perfecta de enorme mérito visual y
argumentativo como una obra kafkiana filmada por Orson Welles.
El título Una
violeta de más es un misterio que no se revela entre sus propias páginas;
pero en Breve diario de un amor perdido se puede leer la siguiente
frase:
… violetas de
perfumada piedra son para el hombre los días vividos.
Los días vividos son violetas de perfumada piedra: Una
violeta de más, es decir un día vivido de más, seguramente aludiendo al
tiempo que Tario sobrevivió tras la muerte de su esposa, Carmen Farell, a quien dedica así su
libro:
Para ti, mágico fantasma, las que fueron tus últimas
lecturas.
Tiempo que quizá sintió estaba viviendo de más. De ser
así, su primer libro explica la noche, y el último, el día.
Fragmen–Tario
Quizá el anonimato
editorial que acosó a Tario fue en parte producto de una incomprensión genérica.
Borges decía que los géneros existen en medida que existen las expectativas del
lector y aquel que hubiera esperado leer un reato en La puerta en el muro hacia 1946, debió haber creído que el autor
de aquel texto estaba enloquecido. Y no. Acababa de inventar un género que de
aquí en adelante llamaré “Fragmen–Tario”. Equinoccio, publicado también en 1946, nutre tal género,
conjunción aleatoria y deliberada de elementos como la minificción:
No vuelven los muertos.
– ¡Bah! ¿Y aquel señor de etiqueta que me presentaron anoche
en tu casa?
Con el aforismo:
En flor –mas no el árbol bajo el cual te sentabas, sino tú
misma.
La sentencia:
Hablad pensando en el que nace o muere y ningún Buda os hará
una mala pasada nunca.
Y el poema en prosa:
Así te
hablaba. Mas si hablara de ti a los demás diría que eras una hermosa especie de
flor impura o de súcubo inmaculado. Mas prefiero guardar silencio y abrir bien
los ojos durante la espesa noche por ver si apareces contra mi ventana igual
que una mariposa amarillenta, con las aletas de la nariz desplegadas.
Los mensajes contenidos en los fragmentos de Equinoccio están unidos por un tono, una
manera de decir que recuerda por momentos a los Robaiyyat del poeta persa Umar Khayyam; en ambos, por ejemplo, el
llamado del placer es una estrategia ciertamente desafiante por vivir: es
preciso negar tanto el irrevocable pasado como el incierto futuro para poder
vivir el presente.
Equinoccio es
un libro que hoy en día Tario hubiera podido escribir vía Twitter, pues tiene
el mismo molde de brevedad y aparente independencia temática que adopta la
literatura en esta red social. Así, en Equinoccio
las ideas tienen vínculos desordenados: si filosóficamente su más fuerte lazo
es el desdén que siente por todo lo que contraría la naturaleza humana;
estructuralmente su fraseo son esos saltos tan afines al proceso del
pensamiento.
Tario ya había experimentado antes en un texto cuya
continuidad operaba por asociación de ideas como había sido “La noche de los
genios raros” incluido en La noche y
lo fragmentario adoptaría más tarde el pulido rostro de minificciones reunidas
en el texto “Música de cabaret” integrado en Tapioca Inn: Mansión para fantasmas.
Con igual estrategia
narrativa, pero centrado en el duelo amoroso, escribe Breve diario de un
amor perdido, publicado en 1951,
mismo año en que vio la luz otro libro “Fragmen–Tario” con fotografías
de Lola Álvarez Bravo y textos de Tario, titulado Acapulco en el sueño. En él los textos breves de Tario no tienen
la común carga del extrañamiento que en solitario podrían generar al lector,
pues éste los encuentra ora soportados, ora confabulados con las fotografías y
tanto los textos como las imágenes expresan un discurso igualmente fragmentario
e instantáneo, son afines y se conducen por incesantes asociaciones de ideas.
Una de esas fotografías tomadas por Lola Álvarez Bravo
ilustra peculiarmente el carácter espectacular y onírico del autor. Muestra a
Francisco Tario vistiendo un traje gris y un sombrero de ala ancha, con lentes
negros, un puro en la boca, en una mano una maleta y en la otra un paraguas sin
desplegar, parado en la cubierta de un barco que naufraga.
Tario: dramaturgo
Entre los libros de
Francisco Tario que se publicaron póstumamente hubo uno que reunió sus piezas
teatrales hacia 1988: El caballo
asesinado y otras obras de teatro. Escribir teatro fue para Tario una forma
tan natural de expresión como la narrativa o el aforismo: de hecho, su narrativa
se vuelve dramaturgia de manera casi imperceptible en las minificciones de
“Música de cabaret”. El caballo
asesinado, Terraza con jardín infernal y
Una soga para Winnie son las tres piezas teatrales que conforman dicho
libro. En ellas el valor es doble, pues son obras deliberadamente absurdas y
divertidas, pero además resultan reveladoras respecto a la obra total de
Francisco Tario.
Acceder al teatro de Tario es penetrar un laberinto de
referencias, auto referencias e incesantes propuestas literarias. En El caballo asesinado la aparición de
Sherlock Holmes investigando un crimen es clara referencia, que el presunto
sospechoso del crimen investigado tenga el apellido Joergensen igual que su
protagonista del cuento “Aureola o alvéolo” es autorreferente (aunque el
primero se llame Jonathan y sea escocés y el segundo un noruego llamado
Gustavo), al igual que ambos sean buscadores de fantasmas; que la condición de
mortal supla en terror y pánico a la que produce la aparición de un fantasma al
presentarse ante los otros personajes, o que exista la posibilidad de cometer
un asesinato durante un sueño, (idea que retomará en el cuento “La semana
escarlata”) son, en suma, algunas de las muchas propuestas literarias que
pululan en estas piezas dramáticas.
Es habitual en la dramaturgia la creencia de que un texto
gana cuanto menores son las acotaciones e indicaciones que hace el autor sobre
el desempeño histriónico que los actores deben tener al momento de interpretar;
en las piezas de Tario las acotaciones tienen un matiz inesperado y más que
sugerir un gesto agregan una imagen la cual puede llegar a ser irrepresentable.
Por ejemplo dice: “Trae en la mano un
respetable fémur” ¿Cómo dotar a un hueso de la cualidad de respetable?
Tario no busca complicar la vida de sus futuros directores sino que genera
textos teatrales que no sólo funcionen en el escenario, sino en la lectura
misma. Más que proponer un exclusivo teatro de atril, Tario espera que el
lector de su pieza disfrute tanto como el espectador del montaje aunque por
razones diferentes.
Es un teatro absurdo aunque no porque le interese lo
absurdo como lenguaje o como tema, sino porque sólo desde ahí puede contemplar
a distancia lo racional y lo irracional, para convertirlo inmediatamente en
algo más hermoso y menos exigente con la cotidianidad humana.
Tario, novelista
Invirtió tres años en
escribir su primer una novela, titulada Los
Vernovov y apenas la terminó fue a
parar al fuego. En 1943, cuando sólo han transcurrido meses de haber aparecido La noche, publicaría por vez primera una
novela: Aquí abajo. La trama
transcurre en la Ciudad de México, y sus personajes enfrentan un tipo de
miseria y mediocridad que sólo las ciudades propician. Antonino y Elvira, con
sus hijos, Liborio y Carlota son una familia que por la calle de
Peralvillo viven una vida apacible, sin
embargo la posibilidad de un aumento salarial en el empleo de Antonino como
periodista desencadena un ejército de tormentos cotidianos como los celos, la
indiferencia, la salud, el incierto porvenir.
Tario es un
novelista que de inmediato profundiza en sus personajes y los lleva de la
placidez al punto delirante de decir: “Daba
terror vivir”. El reencuentro de Elvira con su amor de infancia, Lauro,
primo suyo quien ha perdido un brazo, es el surgimiento de una tentación
perversa. Los cuestionamientos religiosos de Antonino, sus impresiones acerca
de un cuadro del Nazareno y su dramático final nos recuerdan marcadamente
escenas de dos películas de Luis Buñuel, entonces aún no filmadas: Nazarín
(1959) y Él (1952). Una
frase circula por la novela como un tormento: Hermano: ¿quieres confesión? Cuando lo que cada personaje busca es
expiación por pecados que no han cometido, expiación por ser como son. Las
risas burlescas que Antonino comienza a escuchar inexplicablemente y enmarcan
su desequilibrio mental se adelantan a otra novela que hoy etiquetamos de
existencialista pero que es inclasificable: La
caída (1956) de Albert Camus. Muy a su manera Tario es, correspondiente con
su época, un existencialista, aunque los personajes de Aquí abajo no son insensibles al absurdo: sufren y se destrozan
ante el sinsentido de la vida.
En la narrativa de Francisco Tario hablar de literatura fantástica o
realista es cometer una doble inexactitud y es que ante el recuento de su obra
se podría caer en la tentación de decir que como novelista fue autor realista y
como cuentista fue un autor fantástico, pero la realidad y la fantasía sólo
fueron para Tario recursos literarios en función de intereses mucho más
profundos que impresionar momentáneamente al lector. En todo caso, Tario como
estilista, busca hacer la fantasía creíble y cotidiana así como hacer de lo
real algo asombroso e inaceptable, y ese punto de intersección entre la
realidad y la fantasía la concentra el tema de la locura sobre el cual versó su siguiente novela; Jardín secreto.
Publicada en 1993 –dieciséis años después de
la muerte de su autor–, Jardín Secreto es
la más enigmática de las obras de Francisco Tario. En ella se condensan todas
las intrincadas habilidades del autor. La historia se desarrolla en una finca a
orillas del mar llamada La Encina. Narrada por Mario, un niño en la primera
parte y un adulto en la segunda, es la historia de una locura hereditaria que
trasciende. En alguna parte del Mahabharata
se dice que la locura es un camino olvidado, no erróneo ni distorsionado,
simplemente olvidado: Jardín secreto
es ese sendero oculto en la memoria del narrador y es también la historia de un
crimen que se origina más allá de los ejecutores, en sus antepasados remotos
por una locura ancestral.
Tario parece hacer en esta novela cuando menos dos postulados:
el primero propone que la infancia es y será siempre un paraíso perdido; sólo
en esta época sucede la felicidad, pero no es una felicidad eterna como tampoco
la desgracia posterior que llega con la vida adulta lo es. Finalmente, lo único
que perdura es la indiferencia, la insensibilidad.
El segundo es de varias
maneras consecuente: el hombre busca la infancia al buscar el amor, sin
entender que son dos bondades distintas. Por ello Mario y Esperanza se casan
tratando así de recuperar su amor de infancia. La búsqueda del amor será la
búsqueda de ese delito que unirá por el resto de sus vidas a los amantes como
unió –y eso Dante lo ha demostrado– a Francesca y a Paolo en el infierno.
El invierno de 1977 vio morir a Francisco Tario en
Madrid. Legó a sus lectores historias de extraña belleza. Como el clérigo
Maturin, como el capitán Burton, nunca tuvo demasiados lectores, pero también
como ellos, nunca dejará de tenerlos.
Ensayo publicado en la revista Tierra Adentro número 173-174.
LUIGI AMARA: CAZADOR DE INFAMIAS
Los disidentes del universo, de Luigi Amara, es un libro de ensayos cuyos temas son apasionantes, aunque en su conjunto propongan una visión excéntrica de la pasión. El título y su epílogo lo plantean claramente: los personajes que protagonizan estos perfiles son, por sus historias, características y manías, seres infames en el sentido doble que adopta el término, de descrédito y de injusto anonimato al que conduce, entre otras causas, el propio descrédito. Personajes que están notoriamente fuera de lo que, en general, llamaríamos nuestro universo, nuestra cotidianidad, nuestro sentido común. Sin embargo, esta marginalidad en la que habitan, lejos de incitar la misericordia de los que aún estamos dentro de nuestra fantasmal normalidad, los vuelve al instante seres perturbadoramente admirables, porque han vivido de una forma singular e irrepetible. Los personajes que han atrapado la atención de Luigi Amara son John Connish y su adicción por hacer cola, o fila, como mejor se entienda; Johannes Richter, prácticamente un inquisidor que investiga la autenticidad y censura sin piedad las últimas palabras antes de morir de las celebridades; Thomas Lloyd, excéntrico comedor de papel; Julia Pastrana, una mujer cubierta totalmente de cabello, exhibida en circos por su propio esposo; ajedrecistas que se ensimisman durante horas para hacer una movida en una partida de ajedrez, Roy Robert Smith, hombre que ha permanecido prácticamente inerte toda su vida; Isidoro García Saldaña, taxidermista de animales fantásticos. Cada ensayo cumple con creces las expectativas que desde el planteamiento del tema general, cada ensayo conlleva una reflexión profunda y es ejecutado con una dosis de humor negro porque en ellos abundan las anécdotas que sorprenden y divierten.
En este punto, yo quisiera aconsejar al futuro lector de este libro: desconfiar de la veracidad de los datos presentados por el ensayista es algo extremadamente agotador e innecesario, crean en él, pacten con él y comprobarán que lo que plantea son problemas genuinos, y que si en alguno que otro punto no lo han sido para la historia, ahora lo son para la mente del lector que los registra.
Todo ensayo tiene, de una manera inicial, un espíritu de monólogo, de soliloquio, porque algo nos quiere contar o plantear el autor sobre sí mismo, pero leer a Luigi Amara, más que escucharlo, es conversar con él, incluso dialogar con su tema. Tiene no sólo la habilidad de poner a pensar al lector sino de despertar su voz para llevarlo al amistoso mundo de la discusión. Tiene, además, atributos que lo dotan increíblemente para el ensayo: por una parte, su formación como filósofo le exige claridad de ideas y su calidad de poeta lo lleva a buscar en todo momento la palabra exacta y la frase que dispare la imaginación del lector. Por si eso fuera poco, estamos ante un autor que valora y ejerce el poder de la ficción.
La idea de que Amara es un ensayista que ha pensado mucho en el fondo y la forma de este libro es patente desde el orden propuesto para los ensayos: así, un lector afecto a la continuidad, como yo (los hay respetablemente dispersos), que se adentra en cada perfil, descubrirá que el excéntrico ensayo sobre hacer cola es su punto de partida y el taxidermista, amante de lo inamovible, del ensayo final, es su punto de llegada. Es decir, que incluso de forma estructural, Amara ensaya un proceso que va de la lentitud a la inmovilidad absoluta, de la aparente superficialidad de hacer cola, aspirando al lento avance por turno, a los ensayos finales que son la metafísica de un Kaspar Hauser voluntario y a una exaltación de la filosofía del Bartleby de Melville: “preferiría no hacerlo” y al ensayo sobre la taxidermia fantástica que es de entrada la inmovilidad biológica absoluta. La movilidad e inmovilidad son una sola obsesión, sugerida en el Amara poeta de El cazador de grietas y declarada notablemente ya en el Amara ensayista de El peatón inmóvil.
El camino de la lentitud a la inmovilidad es sinuoso y a veces laberíntico en los textos de Amara. Por ejemplo, en el ensayo sobre los ajedrecistas absortos que encontramos a medio libro, el autor se pregunta qué pensarán los brillantes ajedrecistas entre demoradas movidas, si será un maravilloso despliegue de raciocinio casi delirante. Al siguiente párrafo, Amara plantea otra duda igualmente interesante que descalifica a la primera, la cual yo la enunciaría así: quizás esa demora sea sólo la estrategia de una mente amañada pero no brillante. Acto seguido, Amara propone una tercer vertiente que conduce a una suerte de misticismo del ajedrez. El ensayista, en tres párrafos, nos presenta tres caminos, nos convence en cada ocasión de que cada camino nos lleva a una respuesta satisfactoria. Quizá los planteamientos de Amara tengan la cualidad de la retórica pero, por la sinceridad de su búsqueda, sospechamos que toda pregunta retórica tiene la esperanza de dejar de serlo, de tener una respuesta no evidente. De golpe comprendemos que la respuesta es sí. Sí a todo: la abstracción de los ajedrecistas a veces es un delirio maravilloso, a veces también es una trampa psicológica y, a veces, las menos pero sucede, es un arrobo místico: como lector de este ensayo me descubro absorto ante el texto como ante un tablero de ajedrez. El camino de la lentitud a la inmovilidad es el camino de la abstracción.
Los ensayos contenidos en Los disidentes del universo son puertas a personajes y situaciones extraordinarias que se conectan de manera secreta pero directa con el resto del universo: son el margen que recuerda haber sido centro, porque algo hay en nosotros de raro y de alucinante, algo que subterráneamente lucha por aflorar en cada uno de nosotros como fuego fatuo, y que siempre hemos sometido y ocultado, algo que nos lleva a leer con avidez este libro y a soltar, de vez en cuando, una risita nerviosa de asombrosa complicidad.
Luigi Amara, Los disidentes del universo, Gobierno del Estado de México, México, 2011, 160 p.
Publicado en la revista Crítica número 143.
En este punto, yo quisiera aconsejar al futuro lector de este libro: desconfiar de la veracidad de los datos presentados por el ensayista es algo extremadamente agotador e innecesario, crean en él, pacten con él y comprobarán que lo que plantea son problemas genuinos, y que si en alguno que otro punto no lo han sido para la historia, ahora lo son para la mente del lector que los registra.
Todo ensayo tiene, de una manera inicial, un espíritu de monólogo, de soliloquio, porque algo nos quiere contar o plantear el autor sobre sí mismo, pero leer a Luigi Amara, más que escucharlo, es conversar con él, incluso dialogar con su tema. Tiene no sólo la habilidad de poner a pensar al lector sino de despertar su voz para llevarlo al amistoso mundo de la discusión. Tiene, además, atributos que lo dotan increíblemente para el ensayo: por una parte, su formación como filósofo le exige claridad de ideas y su calidad de poeta lo lleva a buscar en todo momento la palabra exacta y la frase que dispare la imaginación del lector. Por si eso fuera poco, estamos ante un autor que valora y ejerce el poder de la ficción.
La idea de que Amara es un ensayista que ha pensado mucho en el fondo y la forma de este libro es patente desde el orden propuesto para los ensayos: así, un lector afecto a la continuidad, como yo (los hay respetablemente dispersos), que se adentra en cada perfil, descubrirá que el excéntrico ensayo sobre hacer cola es su punto de partida y el taxidermista, amante de lo inamovible, del ensayo final, es su punto de llegada. Es decir, que incluso de forma estructural, Amara ensaya un proceso que va de la lentitud a la inmovilidad absoluta, de la aparente superficialidad de hacer cola, aspirando al lento avance por turno, a los ensayos finales que son la metafísica de un Kaspar Hauser voluntario y a una exaltación de la filosofía del Bartleby de Melville: “preferiría no hacerlo” y al ensayo sobre la taxidermia fantástica que es de entrada la inmovilidad biológica absoluta. La movilidad e inmovilidad son una sola obsesión, sugerida en el Amara poeta de El cazador de grietas y declarada notablemente ya en el Amara ensayista de El peatón inmóvil.
El camino de la lentitud a la inmovilidad es sinuoso y a veces laberíntico en los textos de Amara. Por ejemplo, en el ensayo sobre los ajedrecistas absortos que encontramos a medio libro, el autor se pregunta qué pensarán los brillantes ajedrecistas entre demoradas movidas, si será un maravilloso despliegue de raciocinio casi delirante. Al siguiente párrafo, Amara plantea otra duda igualmente interesante que descalifica a la primera, la cual yo la enunciaría así: quizás esa demora sea sólo la estrategia de una mente amañada pero no brillante. Acto seguido, Amara propone una tercer vertiente que conduce a una suerte de misticismo del ajedrez. El ensayista, en tres párrafos, nos presenta tres caminos, nos convence en cada ocasión de que cada camino nos lleva a una respuesta satisfactoria. Quizá los planteamientos de Amara tengan la cualidad de la retórica pero, por la sinceridad de su búsqueda, sospechamos que toda pregunta retórica tiene la esperanza de dejar de serlo, de tener una respuesta no evidente. De golpe comprendemos que la respuesta es sí. Sí a todo: la abstracción de los ajedrecistas a veces es un delirio maravilloso, a veces también es una trampa psicológica y, a veces, las menos pero sucede, es un arrobo místico: como lector de este ensayo me descubro absorto ante el texto como ante un tablero de ajedrez. El camino de la lentitud a la inmovilidad es el camino de la abstracción.
Los ensayos contenidos en Los disidentes del universo son puertas a personajes y situaciones extraordinarias que se conectan de manera secreta pero directa con el resto del universo: son el margen que recuerda haber sido centro, porque algo hay en nosotros de raro y de alucinante, algo que subterráneamente lucha por aflorar en cada uno de nosotros como fuego fatuo, y que siempre hemos sometido y ocultado, algo que nos lleva a leer con avidez este libro y a soltar, de vez en cuando, una risita nerviosa de asombrosa complicidad.
Luigi Amara, Los disidentes del universo, Gobierno del Estado de México, México, 2011, 160 p.
Publicado en la revista Crítica número 143.
Literatura coreana
El ave y los estándares*
1. Preámbulo
2 El ave
Creo en aquello de que los libros eligen a sus lectores, y aunque parezca coincidente mi acercamiento a los libros de Eun Hee-kyung, confieso que me sentí atrapado por la lectura de su novela El regalo del ave (Emecé, 2009) literalmente atrapado, no metafóricamente, y lo digo, en principio, por dos razones: yo he desarrollado últimamente una aversión a los roedores; ahora bien: la novela comienza con la minuciosa descripción de una rata, pero es tan cautivador el estilo de Eun, que yo no podía dejar de leer aquello que, en la vida real y en mis pesadillas, me repulsaría. Más adelante la misma novela cuenta, entre las muchachas historias que contiene, la anécdota de Chang-gun, un niño que por curioso resbala al fondo de una fosa séptica y cae entre la mierda: el rescate y las consecuencias son narradas con detalle. Aunque una anécdota tan terrible nunca me sucedió, recordé que cuando fui niño y visité mucho un pueblo de aquí, de Jalisco, llamado Amacueca donde tengo tíos y primos: había una fosa séptica en su casa; un tablón con dos agujeros era el excusado, un agujero pequeño para los niños y uno grande para los adultos. Yo, sentado sobre el agujero pequeño pensaba que bastaría un error, sentarse en el grande para caer al fondo y eso debía ser el infierno. Encontré ese infantil infierno de caca en la historia de Chang-gun.
Podrán juzgar que mis historias no son pertinentes ahora, pero lo que quiero decir con ejemplos es que cada lector que sea elegido por una novela de Eun Hee-kyung, encontrará fragmentos y variaciones de su propia historia. Eso es algo muy íntimo que puede pasar dentro de una lectura y lo más importante es que me ha sucedido con un libro que por principio me pareció distante y ajeno.
El lector de El regalo del ave notará que, más que describir la maldad de sus personajes, Eun nos comenta, con lujo de detalle, los defectos que dan razón de ser a cada personaje; y lo que súbitamente resulta evidente es que la belleza que logra no se encuentra en el balance entre defectos y virtudes, sino en la lente de aumento con la que nos acerca a esas minucias. La belleza surge de la delicadeza que implica mirar algo de cerca.
Uno puede asombrarse de la malicia que tiene la niña protagonista de El regalo del ave, pero esa niña de mirada astuta y vil se apodera de nuestra compasión, porque ella tampoco ha sido bienvenida al mundo hostil y defectuoso que la hospeda.
La autora nos ofrece por epígrafe un poema de Jacques Prévert, el cual se titula “Regalo de un ave” y cito:
El viejo loro
Vino trayendo sus semillas de girasol
Y el sol entró en su prisión de niño
Los versos de Prévert tienen alegorías poderosas: el loro viejo, suena sabio y ligero. La semillas siempre nos vinculan con la esperanza, pero lo importante es lo que ocasionan y dónde lo ocasionan: el sol entrando mágicamente a la infancia que es a la vez una prisión. Es hermoso y triste. Coincide con el realismo melancólico, pero no exento de esperanza de la escritura de Eun.
Como ya lo festejé, los folletos contienen ensayos. El de Eun presenta un ensayo titulado: "El ser humano, incoherente; el mundo, un misterio; y la literatura, una cuestión". En tal ensayo Eun dice algo con lo que estoy completamente de acuerdo y la cito:
“Para mí, un escritor ya no es un maestro o un mentor, sino otro contemporáneo que registra las angustias de una época”
Lo suscribo pues también pienso que un escritor, en algunas épocas de la historia, podrá ser, o sería deseable que fuera, maestro o mentor, pero nunca debe dejar de ser ese contemporáneo que registre con toda su habilidad e inteligencia las angustias de su tiempo, que a la vez son las propias.
Aplicando a ella su propia definición de escritor, Eun es a todas luces una escritora que sin proponerse ser nuestra maestra nos enseña nuestras angustias y que sin ser nuestra mentora, su escritura pone el ejemplo que nos lleve a manifestar aquello que nos hace infelices, y también lo que vale la pena vivir.
El título del ensayo es muy revelador en la obra de la autora. Pareciera que marca su punto de partida y conjetura su meta, pues quisiera descubrir la coherencia del ser humano; lograr, a fuerza de escribir, desentrañar el misterio que es el mundo; y encontrar la literatura como una respuesta y no como pregunta.
Infiero la queja que Park tiene contra el sistema capitalista: que falsea la tragedia y falsea la comedia, por lo tanto vivir se vuelve un acto de inconsciencia, sometida por estándares de “calidad”, y esa turbia mediocridad está a la vuelta de la esquina disfrazada de algo más, acechándonos. La escritura de Park se convierte entonces, como Clark Kent, sin dudar, pero también sin haberlo elegido, en el superhéroe que nos salve.
1. Preámbulo
Empezaré confesando que al principio de mis lecturas de los libros que nos han reunido me sentí, en alguna medida, desorientado. En español la palabra desorientado deriva de oriente. Estar orientado significa saber dónde está el oriente, pero su significado profundo es tener la certeza de dónde estamos y hacia dónde vamos. Nuestro idioma ha otorgado a la idea de Oriente esa y muchas otras virtudes. “De Oriente viene toda la sabiduría” escribió Oscar Wilde y ser sabio es, sin duda, estar orientado en los avatares de la vida.
Comentar cada libro, a veces, implica encontrar un sitio de observación, un punto de referencia y yo no encontraba de dónde asirme; los nombres siempre son vínculos con una cultura en particular y en este caso me resultaban muy lejanos; los detalles de las circunstancias históricas me eran desconocidos. No encontraba en el estilo de los autores nada que me condujera a algún lugar que mis afectos encontraran familiar. Para colmo me sabía ante una traducción. Las traducciones son los fantasmas más amables de la comunicación, pero fantasmas, al fin. Estaba, entonces, ante la sorpresa de lo ajeno y, sin embargo, me sentía tremendamente cómodo, pues bastaba con dejar de buscar lo conocido para empezar a apreciar lo desconocido.
Antes de hablar individualmente sobre cada autor quiero resaltar un hecho que me parece fabuloso y es cómo el Korean Literatura Translation Institute arropa y protege a sus autores y, al mismo tiempo, es increíblemente cordial con el lector. Me refiero a los dos folletos independientes de los libros que se han preparado especialmente, y los cuales contienen una selecta muestra de la obra del autor, como es natural, pero también la propia voz del autor que ora es entrevistado, ora ensaya sobre sus convicciones. Además contienen la voz de críticos literarios como Kim Dong-shik, profesor de la Universidad de Inha; biografía y bibliografía: es decir, no sólo introducen la obra de sus autores en otra lengua, sino allanan el camino al lector con ediciones colaterales críticas y, en este caso, didácticas. Y por ello mismo les adelanto que sería muy difícil para mí superar o profundizar, con una presentación, más de lo que ya logra la selección de textos que tiene cada uno de los dos folletos; aunque también, esa circunstancia me brinda la posibilidad de comentar algo más que novelas y relatos, también podré divagar sobre algunas ideas literarias que los autores expresan. Por lo demás, me amparo en lo valioso que tiene la experiencia de la lectura, que es individual pero digna de compartirse.
2 El ave
Creo en aquello de que los libros eligen a sus lectores, y aunque parezca coincidente mi acercamiento a los libros de Eun Hee-kyung, confieso que me sentí atrapado por la lectura de su novela El regalo del ave (Emecé, 2009) literalmente atrapado, no metafóricamente, y lo digo, en principio, por dos razones: yo he desarrollado últimamente una aversión a los roedores; ahora bien: la novela comienza con la minuciosa descripción de una rata, pero es tan cautivador el estilo de Eun, que yo no podía dejar de leer aquello que, en la vida real y en mis pesadillas, me repulsaría. Más adelante la misma novela cuenta, entre las muchachas historias que contiene, la anécdota de Chang-gun, un niño que por curioso resbala al fondo de una fosa séptica y cae entre la mierda: el rescate y las consecuencias son narradas con detalle. Aunque una anécdota tan terrible nunca me sucedió, recordé que cuando fui niño y visité mucho un pueblo de aquí, de Jalisco, llamado Amacueca donde tengo tíos y primos: había una fosa séptica en su casa; un tablón con dos agujeros era el excusado, un agujero pequeño para los niños y uno grande para los adultos. Yo, sentado sobre el agujero pequeño pensaba que bastaría un error, sentarse en el grande para caer al fondo y eso debía ser el infierno. Encontré ese infantil infierno de caca en la historia de Chang-gun.
Podrán juzgar que mis historias no son pertinentes ahora, pero lo que quiero decir con ejemplos es que cada lector que sea elegido por una novela de Eun Hee-kyung, encontrará fragmentos y variaciones de su propia historia. Eso es algo muy íntimo que puede pasar dentro de una lectura y lo más importante es que me ha sucedido con un libro que por principio me pareció distante y ajeno.
El lector de El regalo del ave notará que, más que describir la maldad de sus personajes, Eun nos comenta, con lujo de detalle, los defectos que dan razón de ser a cada personaje; y lo que súbitamente resulta evidente es que la belleza que logra no se encuentra en el balance entre defectos y virtudes, sino en la lente de aumento con la que nos acerca a esas minucias. La belleza surge de la delicadeza que implica mirar algo de cerca.
Uno puede asombrarse de la malicia que tiene la niña protagonista de El regalo del ave, pero esa niña de mirada astuta y vil se apodera de nuestra compasión, porque ella tampoco ha sido bienvenida al mundo hostil y defectuoso que la hospeda.
La autora nos ofrece por epígrafe un poema de Jacques Prévert, el cual se titula “Regalo de un ave” y cito:
El viejo loro
Vino trayendo sus semillas de girasol
Y el sol entró en su prisión de niño
Los versos de Prévert tienen alegorías poderosas: el loro viejo, suena sabio y ligero. La semillas siempre nos vinculan con la esperanza, pero lo importante es lo que ocasionan y dónde lo ocasionan: el sol entrando mágicamente a la infancia que es a la vez una prisión. Es hermoso y triste. Coincide con el realismo melancólico, pero no exento de esperanza de la escritura de Eun.
Como ya lo festejé, los folletos contienen ensayos. El de Eun presenta un ensayo titulado: "El ser humano, incoherente; el mundo, un misterio; y la literatura, una cuestión". En tal ensayo Eun dice algo con lo que estoy completamente de acuerdo y la cito:
“Para mí, un escritor ya no es un maestro o un mentor, sino otro contemporáneo que registra las angustias de una época”
Lo suscribo pues también pienso que un escritor, en algunas épocas de la historia, podrá ser, o sería deseable que fuera, maestro o mentor, pero nunca debe dejar de ser ese contemporáneo que registre con toda su habilidad e inteligencia las angustias de su tiempo, que a la vez son las propias.
Aplicando a ella su propia definición de escritor, Eun es a todas luces una escritora que sin proponerse ser nuestra maestra nos enseña nuestras angustias y que sin ser nuestra mentora, su escritura pone el ejemplo que nos lleve a manifestar aquello que nos hace infelices, y también lo que vale la pena vivir.
El título del ensayo es muy revelador en la obra de la autora. Pareciera que marca su punto de partida y conjetura su meta, pues quisiera descubrir la coherencia del ser humano; lograr, a fuerza de escribir, desentrañar el misterio que es el mundo; y encontrar la literatura como una respuesta y no como pregunta.
3 Los estándares
En la lectura de Park Min-gyu experimenté en menor medida esa sensación de extrañeza ante un mundo ajeno y fue porque la materia de sus cuentos me implicaron de una manera más urgente: la presencia de superhéroes y naves extraterrestres me resultaron divertidas y me vi de inmediato inmerso en el remolino que significa la vida moderna y en el cual entramos sin preguntarnos si verdaderamente queremos ser parte de ello.
Al leerlo es evidente que Park le ha declarado la guerra a todo aquello que pueda ser reducido a un mero convencionalismo: le ha declarado la guerra al erotismo, a la ternura y a la idea de la razón, pero no le ha declarado la guerra al humor y de forma muy particular el sarcasmo es su aliado y su antídoto contra una forma de vida frívola y autómata.
Sus cuentos y relatos también se alejan de la estructura canónica que busco reconocer en todo narrador y lo que encuentro es una versión modificada, pero efectiva en su objetivo. Yo diría que su intención narrativa es provocar, desafiar al lector y su fin último es ocasionar la reflexión del lector sobre la vida moderna y sus muchos aspectos insufribles y a la vez irrecusables. Me recordó a un filósofo que es un entrañable cuentista: el polaco Leszek Kolakowski, pero Park no tiene, y estoy seguro que no desea, esa solemnidad lógica y demostrativa de los cuentos de Kolakowski y sin embargo los cuentos de ambos tiene en mí un efecto parecido, me orillan a una reflexión audaz y vertiginosa que termina en el abismo de la utopía, pues el problema que suelen enfrentar es enorme, inabarcable.
A Park le preocupa la vida moderna y cómo el sistema capitalista nos orilla a vivirla. Su novela breve Los estándares coreanos ha sido incluida en el libro: Ji-Do. Antología de la narrativa coreana contemporánea (selección de Kim Un-kyung y Oliverio Coelho, editorial Santiago Arcos, 2009), y el laureado folleto también lo incluye, como también contiene un desenfadado ensayo suyo sobre la propia obra en la que afirma: “Los estándares coreanos es una novela sobre el infortunio.” Y efectivamente hay algo de inamovible, algo de fatalidad en el mundo que critica, algo que podríamos llamar “Destino” pero quizá la palabra destino no sea la que mejor describa el mecanismo de la narrativa de Park, pues en español, la palabra destino está cargada de un peso casi gratuito: implica un futuro terrible o glorioso, pero nunca mediocre y Park se alía con los que son derrotados por el sistema.
Infiero la queja que Park tiene contra el sistema capitalista: que falsea la tragedia y falsea la comedia, por lo tanto vivir se vuelve un acto de inconsciencia, sometida por estándares de “calidad”, y esa turbia mediocridad está a la vuelta de la esquina disfrazada de algo más, acechándonos. La escritura de Park se convierte entonces, como Clark Kent, sin dudar, pero también sin haberlo elegido, en el superhéroe que nos salve. Esto es lo que quería decirles sobre estos dos fecundos autores. Gracias.
*Texto leído en la FIL, en Guadalajara, el 28 de noviembre de 2010.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)












