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Manual de comportamiento fantástico, libro de cuentos de Fernando de León publicado en España por EOLAS.


 

Luego de casi tres décadas de trabajo, queda muy claro que la obra de Fernando de León es única, elegante y tenaz: siempre está lista para capturar la atención de una persona más y convertirla en su lectora fiel mediante su erudición, su imaginación y su humanidad. A su propia manera libresca, cómica, refinada, misteriosa, es un autor apasionante de la literatura mexicana.

Los cuentos de esta colección lo prueban.

El título Manual de comportamiento fantástico recuerda que la narrativa de imaginación crea escenarios imposibles, sucesos que se pueden enunciar pero nunca se podrán observar, y también conductas en el límite de lo que llamamos la naturaleza humana, o incluso más allá. Sus personajes son criaturas perfectamente razonables dadas las circunstancias extraordinarias que enfrentan. Sobre ellos, se encuentran las obsesiones de su creador: el amor, la muerte, la risa ante el absurdo del mundo, el habla de los libros y el habla de la gente. Fernando escribe en un espacio que no imagino fantasmagórico sino lleno de vida, abierto al ruido del mundo que es el de nuestra propia especie. Somos desconcertantes: espantosos y dignos de afecto al mismo tiempo, y él nos lo recuerda en su obra.

Fragmento el prólogo de Alberto Chimal



Wow, qué imaginación la de Fernando, definitivamente se va a mi lista de favoritos. Desde criaturas mitologías, animales fantásticos, juegos temporales, atmósfera oníricas, narraciones fantasmales hasta cuentos sumamente divertidos. Cada cuento que leía pensaba: "cómo pudo imaginar esto y cómo va a a acabarlo" y me veía sorprendido al terminar cada texto con finales fantásticos, en toda la extensión de la palabra. Me hizo recordar aquella sensación primera cuando me enamoré de este género. Este libro para mí se convierte en un indispensable de lo fantástico

Carlos J. Bautista, para Teorías de lo Fantástico




Una mujer que desaparece de los recuerdos de todas las personas, incluyendo su propia familia, después de 10 minutos; un hombre que solo puede ver a su amada en un espejo… cuando está a punto de abandonarlo; una mujer que es muerta por su amante… una y otra vez, por toda la eternidad; un hombre que es testigo de un evento maravilloso… que nadie más vio y que con paciencia espera el siguiente milagro en su vida. Estos son tan solo algunas de las historias de MANUAL DE COMPORTAMIENTO FANTÁSTICO de Fernando de León. Mi buen amigo Carlos J. Bautista ya me lo había mencionado hace como dos meses en una presentación (pero ya ven cómo interfiere el mundo real con nuestras lecturas). Debo añadir que, como toda colección o antología, hay algunos relatos (mucho) mejores que otros. Pero aquí hay bastantes que justifican buscar este librito. Personalmente me quedo con “Apuntes para una novísima arquitectura” (si por mí fuera ese habría sido el titulo del libro), con “El humo en el espejo”, “La inmovilidad de las nubes” y “Sala de espera”. Por supuesto, el cuento que da nombre a toda la colección. “El huésped” también me gustó. Nuestra recomendación esta semana en nuestro programa de radio que ya no existe…


Armando Saldaña Salinas.




La tienda de los sueños. Un siglo de cuento fantástico mexicano. SM 2016


Los autores antologados: Amado Nervo, Elena Garro, Leonora Carrington, Juan José Arreola, Guadalupe Dueñas, Amparo Dávila, Inés Arredondo, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, Guillermo Samperio, Álvaro Uribe, Verónica Murguía, Norma Lazo, Cecilia Eudave, Ignacio Padilla, Fernando de León, Bernardo Esquinca, Magali Velasco, Iliana Vargas, Édgar Omar Avilés. 

Selección y prólogo: Alberto Chimal.

La tienda de los sueños: Un siglo de cuento fantástico mexicano

Sala de espera, un cuento mío en la revista La rabia del axolotl.


Soy el doctor Tario y esta es la primera grabación de consulta de la señora Z
—Perdón, doctor, si entro a la carrera, mire que ya he pasado cinco minutos esperando afuera y para mí el tiempo es muy valioso. Perdone también mi hablar entrecortado, trataré de calmarme; usted tiene que ayudarme, ha identificado enfermedades que parecen sacadas de La Dimensión Desconocida. ¿Está grabando esta conversación?
—Así es, señora Z. Es rutinario y confidencial; parte de mi proceso de diagnóstico.
—Es perfecto, porque en cinco minutos usted y todos me habrán olvidado, pero mi historia quedará en su grabadora. No diga nada, doctor, sólo escuche lo que tengo que decir. Creo que todo comenzó en el aeropuerto, tenía que tomar un vuelo y había llegado muy temprano, así que entré a uno de los Wings, el que está en planta baja. Me encontraba desayunando cuando llamó mi atención una fotografía en blanco y negro, ampliada, que estaba sobre mi gabinete: una de una serie de fotos antiguas, todas tomadas en el aeropuerto, pero en los años cincuenta. Era evidente eso por lo viejo de la foto y la ropa que usaba la gente que ahí salía. A la fotografía que me refiero es un largo y ancho pasillo, una sala de espera enorme y larga, atiborrada de gente elegante que, sin embargo, no espera quieta, va y viene. En el extremo izquierdo de la foto se pueden ver módulos donde la gente recoge su pase para abordar. Es una foto emocionante por la gran cantidad de personas que captura y sin embargo no tiene esa calidad de multitud homogénea en la que los rostros se pierden, por el contrario, cada persona se distingue y es singular. Ahí comenzó a ponerse raro, pues contemplaba con detalle los rostros de las personas cuando entre ellos descubrí el mío. Sí doctor, es mi cara la que se puede apreciar con claridad entre otras muchas personas de las primeras filas. No recuerdo haber estado ahí pero estuve. Soy yo. No me lo imaginé. Le tomé una fotografía con mi celular a la fotografía y se la quiero enseñar. Mire aquí la tengo en mi celular, véala doctor.

(para continuar la lectura del cuento, pase por acá)
http://www.larabiadelaxolotl.com/3038-2/

El humo en el espejo

Escrito a partir de la pintura de Magritte "El tiempo perforado", el siguiente cuento apareció publicado en el primer ejemplar del diario Mural, el 21 de noviembre de 1998 , y fue recogido finalmente en el libro "Mudo espío"





“A las doce con cuarenta y tres pasará el tren que se la llevará definitivamente” pensó el hombre. Miraba su rostro reflejado en el gran espejo rectangular que se erguía por encima de la chimenea: reconoció su rostro severo, pétreo, su bigote recortado y el brillo en su cabello engomado. En su impasible mirada no se hubiera podido advertir aquella lástima que al verse sentía por sí mismo. Bastaba desviar brevemente los ojos para que el elegante reloj negro que descansaba sobre la chimenea fuera también parte de su angustia. “los relojes y los trenes no saben detenerse: ya no hay manera de evitar su partida” pensó, amargo. Su mirada se detuvo sobre uno de los dos candeleros que flanqueaban al reloj en la misma repisa: no tenían vela y eso lo entristeció aún más; le pareció como si toda la casa estuviera vacía, que quizá todo a sus espaldas: la sala, el comedor, la escalera, las múltiples recámaras no existiera, pero aquello sólo fue una vaga sensación que desechó al momento; un aire frío circuló por entre sus piernas y recordó que la chimenea estaba apagada: “Debo encenderla” se dijo. Pero no había movido un dedo, cuando el reloj atrajo de nuevo su atención recalcando lo poco que faltaba para que el tren llegara. “Se ira” gritó su propia voz dentro de su cabeza. Luego penso: “Tengo que ir por ella: traerla aquí de nuevo”. Quiso entonces mantener la calma, porque en esa calma había depositado todo su carácter, toda su vida, su manera de comprender el mundo, esa calma era lo que ella había amado de él; si algo conservaría finalmente, eso sería la calma. Intentó prender el puro que esperaba entre sus dedos, mas su encendedor apenas lanzó un par de chispazos que jamás lograron la flama. Buscó entre su saco cerillos sin encontrar nada, pensó en ir a la cocina donde seguramente los habría. “¿Y si al entrar a la cocina descubro que tal cocina ya no existe? ¿Y si me vuelvo y veo que la casa entera ya no está; perdería también esta chimenea, estos candeleros, este reloj que me dirá cuando llegue el tren... Y no sabría en que momento la he perdido a ella” pensó; pero después recapacitó: “ Bastaría con que mirara el resto de la casa reflejado en el espejo para saber que aún está ahí” Y trató de mirar, aunque no pudo ver sino su rostro duro, su propia mirada que parecía no permitirle ver hacia atrás. Nuevamente lo invocó el reloj. Ya eran las doce con cuarenta y tres.
Primero percibió un humo espeso. Por un momento creyó que provenía de su puro, cuando recordó que nunca lo había prendido; luego pensó en la chimenea apagada porque ahí parecía originarse, por absurdo que resultara. Vio el humo en el espejo y notó que no había tal en su entorno, que sólo existía en el reflejo y que sí él podía olerlo era porque su propia imagen reflejada lo hacía. Escuchó a continuación el silbido de un tren y su locomotora frenándose trabajosamente. Entonces pudo verlo. Surgió del centro de la chimenea: era un mínimo tren que pesado se apoyaba en invisibles rieles de aire. El hombre por fin se sintió librado de su reflejo y pudo agacharse en cuclillas para observar el tren. Junto al primer vagón la encontró a ella, tan triste. “No llores” quiso decirle. “No te vayas. Te pediré que no partas” pensó. Pero ella sin titubear abordó el tren, que presuroso ya anunciaba su partida. “¿Qué puedo hacer para no perderte?” se preguntó el hombre y la miró por su diminuta ventanilla tan opaca, tan hermosamente triste. Hubiera gritado, hubiera perdido su atesorada calma si un nudo no se le hubiera formado en cada extremo de su cuerpo. Sin lograr perder los estribos, se aproximó lo más que pudo hasta la ventana. Quería que ella lo viera y lo consiguió: al saberlo ahí, ella se sorprendió y restregando su rostro lloroso le sonrió. Él también devolvió la sonrisa y sin pensarlo más se apuró a abordar el tren. Una vez adentro sujetó la mano de ella; estaba fría, la sujetó fuerte y se prometió no soltarla más. El tren comenzó su marcha.
Para cuando el reloj movió de nuevo su implacable minutero, juntó a la helada chimenea yacía el cadáver del hombre de rostro severo: el cuerpo de la mujer estaba lejos, en una estación de tren, donde incapaz de dejar a su amante o de volver a él, se había arrojado a la vía del tren de las doce cuarenta y tres.

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